“¡Soy Cubana!”…

“Los hombres son productos, expresiones, reflejos. Viven, en lo que coinciden con su época o en lo que se diferencian marcadamente de ella; (…) no es aire sólo lo que les pesa sobre los hombros, sino pensamiento; esas son las grandes bodas del hombre: sus bodas con la patria”.      José Martí.

Aymée Álvarez Rivero para El taburete

Desde pequeña adoré a mi país, a “la patria que me vio nacer”, como dicta aquella vieja frase tantas veces repetida en las escuelas. Pero, desde mi visión actual, mentiría si dijera que aquel sentimiento era verdaderamente legítimo, creo que más bien es algo que se aprendía cual si fuera sumar o leer. Maestros, libros y padres nos enseñaban que amar a la patria era algo bueno, y que para hacerlo, había que saludar la bandera con respeto, estudiar y hacer las tareas, honrar a los mártires y repetir cada mañana “¡seremos como el Che!”. Se reducía así “la Patria” a la veneración de símbolos y atributos, fotos de héroes y versos martianos.

De manera que aquel sentimiento era algo que tenían los niños ejemplares, los que siempre ganaban las estrellitas y las condecoraciones, los aplaudidos por los maestros. Yo era de ese grupo, por lo que el sentido de amor a la patria era como una condición inherente a mi persona. Este sentir también fue influenciado por mi familia: mis abuelos fueron alfabetizados por la Revolución cubana y en especial mi abuelo, siempre ha sentido gran devoción por este suelo. Él me enseñó que allá afuera había un mundo muy grande, y que todos tenemos un pedacito en él, y que yo debía aprender a amar este que me había tocado. Por eso, nunca fui de las niñas que jugó a ser francesa, ni española, ni mexicana, porque me gustaba representar a mi país, y todo lo que él simbolizaba; porque, como decía mi abuelo, todos los países son bonitos, pero era aquí donde estaba mi familia, mi casa, mis amigos, y eso lo hacía especial.

Admiraba a nuestros héroes, y aunque nunca me lo preguntara ni me asombrara por ello, dentro de mi cabecita, ellos eran muy diferentes a las personas que conocía y que a veces se equivocaban; cual si en la imagen de aquellos ángeles robustos no hubiese cabida para los errores de nosotros, los “normales”.

Llegar a la adolescencia, con todos su conflictos y peculiaridades, significó una gran transformación en todos los aspectos, incluyendo la noción que tenía de mi país y mi identidad de cubana. Decir que para mí, en aquel momento, el amor a Cuba era de las cosas que más me robaba el sueño sería una cursilería inútil e irreal. Fue en esta etapa de mi vida que conocí a muchos compañeros que parecían reverenciar más a las potencias extranjeras, con toda su tecnología, poderío económico, bélico y películas de Ciencia Ficción; y conocí otros tantos que ni siquiera se cuestionaban estos temas.

Para entonces estaba muy ocupada pensando en la fiesta del fin de semana, la estrechez de la saya de mi uniforme y aquel muchacho que era un año mayor que yo. Pero si se despertaba una de esas conversaciones (como tantas veces ocurrió) acerca de Cuba y su futuro, de si venía una guerra, nuca fui de las que, como muchos que conocí, decían “…este país es una mier….”, ni de los que preferían esconderse o doblegarse ante los supuestos invasores de aquella situación hipotética. Yo sabía que era de las que prefería salir a luchar por mi patria, de las que no quería perder la identidad de mi país ni verlo convertido en un Disneylandia. Nunca envidié los rascacielos, ni los fuegos artificiales que deslumbraban a muchos de mis compañeros (sin que hubiese por ello oposición entre nosotros, éramos jóvenes y bailar lo era todo). Es por eso que en esta etapa, aunque más de una vez me reí recordando algún chiste tonto mientras saludaba a la bandera o entonaba las notas del himno, y aunque casi por primera vez me fijara en lo buen mozo que era Ernesto Guevara, más allá de su grandeza de hombre, no sentía que por eso dejara de amar a este suelo que es mío y de todos; porque mi pensamiento de cómo se comportaba un buen cubano había cambiado.

Pero aún entonces no por bienintencionado era mi pensamiento totalmente claro. Muchas cosas se escapaban de mis horizontes, cosas que solo he podido comprender y asimilar ahora que he crecido. Sí, crecer me ha dado la oportunidad de reflexionar con un nivel de profundidad cualitativamente mayor del que nunca había logrado, e incluso, del que nunca quizás me había propuesto. Y cuando digo crecer, no me refiero al simple paso de los años, sino a las transformaciones que inevitablemente han ocurrido a mi alrededor, y en mí misma, y que han puesto nuevos cristales en los lentes con los que observo el mundo; este mundo que hoy me empeño en desentrañar con mayor intensidad, y con nuevas herramientas: la llegada a sistemas de instrucción de pensamientos más avanzados; el encuentro con maestros de ideas renovadoras, que han puesto luz en lugares que ni siquiera sabía que existían dentro de mi; la transformación de la forma en que me comunico con los adultos que me rodean, que ahora tratan conmigo temas más complejos y que, poco a poco me han mostrado nuevas lógicas de pensamiento, con las que puedo tener ya un papel más activo ante mi realidad, y formar mis propias concepciones. Todo esto me ha permitido tener un mayor nivel de entendimiento acerca de la vida en general, y la noción de lo que es mi país no escapa de ello.

Cambiar mi forma de pensar con respecto a mi país no fue nada fácil. Muchos conflictos surgieron en mi, y surgen aún, porque ampliar mis horizontes significó encontrar información no muy feliz que digamos, y que se hacía muy difícil de integrar a aquella imagen impecable de la isla prodigiosa de mis sueños. Hubo, y aún a veces los hay, días de desilusión en que me pregunto “¿cómo es posible que esto pase en mi país…?”. Pero he aprendido a alejar la forma de pensamiento dicotómica con la que acostumbramos a pensar los cubanos donde “o estás con nosotros, o estás en contra de nosotros”, donde el que habla de Cuba lo hace, o con una pasión que enciende las pupilas, o con un resentimiento tan grande que llega a parecer un extraño. Me he dado cuenta que, a diferencia de esa tendencia marcada que existe en la forma en que nos enseñan, nuestra historia, no es de ángeles y demonios, y aún los más buenos a veces se equivocaron, y aún los más malos tuvieron alguna vez vestigios de humanidad. Yo soy aún de aquellos de pupilas encendidas, defiendo a “la niña de mis ojos” a capa y espada, pero he aprendido a ver las dos caras de la moneda, y con el mismo ímpetu, apunto y señalo sus vicios. Porque amar a Cuba también es “cambiar todo lo que debe ser cambiado”. Es por eso que no admiro a los que miran siempre a las nubes, diciendo que el cielo está muy limpio, solo para no ver las grietas que se abren bajo los pies inmóviles; ni admiro a los que señalan, hablan, cantan y viven maldiciendo siempre las grietas, sin reconocer que arriba tenemos un cielo azul y sentirse orgullosos por ello. Amar a Cuba es caminar, remover la tierra allí donde se está resquebrajando y tomar fuerza de nuestras virtudes para seguir adelante.

“El problema de Cuba no es ya de mero sentimiento, ni se levanta con las bellas frases huecas: ni basta para resolverlo invocar nombres que aparejan el aplauso: lo que se necesita es imitarlos en su virtud y aprovecharnos de su experiencia” José Martí.

A veces la realidad se escapa de todo cuanto puedan expresar las palabras: puedo tener el orgullo de decir que vivo en el país donde la gente es más solidaria; donde un accidente me hizo caminar un día sin zapatos por toda la calle San Lázaro, y todo el que pasaba se detenía a darme una solución, o a expresarme que lo sentían mucho, o sencillamente a inventar alguna frase zalamera que le dio a mi situación un motivo para reír…. Y yo reí, porque eso pasa cuando una está en familia. Reí, porque irónicamente, la difícil situación económica y política que ha vivido Cuba ha sido, quizás, el detonante de lo que es hoy el mayor tesoro de su gente: esa tendencia a la inventiva, a la imaginación, y sobre todo, a la hermandad; esa capacidad de eliminar la propiedad privada sobre los problemas y ayudar a quien tengamos al lado sin saber si es bueno o malo, porque sencillamente también es un cubano.

Soy cubana, y asumo con este pedazo de identidad un poco de lo que hay en mí, y un poco de lo que es de todos. Soy cubana, que es más que ser buena estudiante, conocer los nombres de los mártires y saludar la bandera; que es más que la música, el baile y la risa (“…botella de ron, tabaco habano, chicas por doquier, bonche en casa de guano…”); que sobre todo es más que las calles sucias, los balcones rotos, el lenguaje “enriquecido”. Es también tener conciencia de nuestros problemas, y de las soluciones que son nuestras también, es cultivar la constancia y el ingenio, nuestras armas más importantes, que nos han permitido llegar a “esas nubes tan altas” aún con nuestras “alas tan cortas”, y han hecho también crecer las alas. …… Soy cubana!!! Y unos cuantos renglones no serían suficientes para expresar todo el orgullo que siento de pertenecer a este punto del Universo; porque sencillamente hay cosas tan sagradas que no se les puede lacerar tratando de encerrarlas en un manojo de trazos.

Aymée Álvarez Rivero  es estudiante de 2do año de la facultad de Psicología de la Universidad de la Habana.

Anuncios

Una respuesta to ““¡Soy Cubana!”…”

  1. Una Pata del TABURETE Says:

    La vimos crecer de niña a joven y ahora se ha convertido en nuestra colaboradora….felicidades futura psicóloga…te queremos y lo sabes.
    Saluda a tu padre……El Taburete

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: