de Einstein, las abejas y los celulares…

Todavía corren los rumores de las abejas desaparecidas que no compraron celulares para morir, pero a quienes la muerte millonaria ni les supo a gloria por las deudas contraídas con las plantas para polinizar en Estados Unidos, Polonia, Grecia, Italia, Portugal, España y Reino Unido.

Siempre en temporada de frío el hemisferio Norte notifica el deceso natural del 20% de esa población de insectos, mas el último reporte del 70% sacó ciertos trapos sucios a la palestra: que si el calentamiento global, los insecticidas, la fragmentación de los espacios naturales, unos parásitos raros… La versión más atractiva la ofreció el bando defensor del casamiento de los cadáveres con las radiaciones de los teléfonos móviles.

Cuentan que las chicas salieron de picaflores en busca de polen y las ondas emitidas por los celulares interfirieron el muy complicado sistema de comunicación y orientación. Perdidas “en el llano” no supieron regresar a casa. Como nadie les explicó a las reinas, éstas inmediatamente desheredaron a esas “malas hijas”, por dejarlas solas en las colmenas a cargo de “huevos” y pocos “trabajadores inmaduros”…

Por razones más económicas que sentimentales, los apicultores pegaron el grito en el cielo. El antecedente de la protesta data de 1994 en Bélgica, cuando cuidadores de panales, tan encariñados con el negocio, firmaron un panfleto de insubordinación por su despido a causa de los bajos precios de la miel importada.

De ahí salió una frasecita escalofriante retomada en la película The happening (2008), del director M. Night

Shyamala: “Si la abeja desapareciera del planeta, al hombre sólo le quedarían cuatro años de vida”. La expresión atribuida a Albert Einstein, el genio de la Teoría de la Relatividad, está como para creerla, salvo por un detalle: ningún documento confirma la paternidad de la apócrifa cita.

El cargo de conciencia de los terrícolas ha llevado a la invención de historias tremendas nacidas de un miedo tan astronómico como los descubrimientos renacentistas de “Galileos” y “Copérnicos”, cuyos hallazgos llenaron de inseguridad a contemporáneos y descendencia. Desde entonces el hombre sabe que no es el centro ni lo único del universo.

Mientras continúan las especulaciones de “investigadores”, abejas y celulares porfían con sus experiencias de solteros. Ellas presumen del debate en Londres que las consideró la especie “más importante del planeta”, por encima de otras también importantes en la biodiversidad y en la cadena alimentaria donde el hombre arrendó un eslabón.

Adictas al show mediático volvieron a ser noticia al ausentarse de un campo de flores de la Iris púrpura, con el pretexto de los “ruidosos” y “contaminados” peligros de un vuelo más alto sobre la segunda autopista más transitada de Israel. Los científicos propusieron la creación de un “corredor” aéreo y ecológico, “pavimentado” con un jardín botánico, que las lleve a polinizar esa flor endémica en peligro de extinción.

Por otro lado, los celulares alimentan su mala fama, aunque Google quiera regalar ejemplares para seducir con los servicios de llamadas, mensajes, Internet, cámara fotográfica, reproductor de música, TV digital por satélite. La idea no agradó a las escuelas coreanas, donde insisten en los casilleros “guarda celulares” para evitar la adicción en los jóvenes.

La celularmanía tiene sus agentes. En prisiones de El Salvador, unos reclusos coleccionan estos aparatos en sus intestinos. Aquí, a la cubana, se usa como prenda de vestir y se abusa en el mejor momento de las reuniones cuando suena y el jefe filma una escena de película o de novela brasileña.

Aún el síndrome de los millones de abejas desaparecidas, también conocido como el Desorden de Colapso Colonial (CCD) es un misterio que replantea la duda acerca de nuestra existencia misma. Con esta celularmanía ¿acaso nosotros también nos estamos perdiendo?

Yanetsy León González en Adelante.cu
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