Archivo para junio 9, 2011

Farándula cubana: El Star System de bagazo…

Posted in el Taburete with tags , , , , , , , , , , on junio 9, 2011 by el taburete

Por: Ariel Díaz para El Taburete.

Enciendo el televisor y automáticamente entro en la fantasía que se esparce por el éter. Escenografías oscuras que pretenden luminosidad entre tablas mal montadas, muebles que crujen y puntillas a la vista, bailarinas cuya descoordinación llega a parecer coordinada mientras tratan de reproducir, sin éxito y con agujeros en las medias, la coreografía de la película Chicago, locutoras con dejes a lo CNN pero con noticias aún más aburridas. Bajo el micrófono de insípidas entrevistas hay artistas tapizados en prendas de oro y ropa “de marca” hecha en Hong Kong, que luego de mostrar poses de súper estrella y hablarnos de su “gira de invierno por Europa” se van a casa, en el mejor de los casos, en un auto de uso que compraron luego de una montaña de papeles y cartas. Héroes fabricados a la medida de un consumidor que no consume, divas de un pueblo sin opciones, vedettes de teatros húmedos, “glorias” desafinadas, jóvenes valores sin valores, mercaderes de un mercado que no vende. Es el país de las maravillas simulado, la clonación que salió mal. Es el Star System de bagazo.
Desde que era pionerito estoy escuchando esos tópicos que nos llenaban de un orgullo casi ingenuo: La caña de azúcar más dulce del mundo, la playa más hermosa del mundo, el mejor helado del mundo, las mulatas más lindas, el pueblo más culto, el mejor equipo de pelota. Pero resulta que fui creciendo y un día, tocado por el indecible privilegio que resulta en esta latitud, viajar por el mundo; descubrí la dulzura de la caña venezolana, dejé los ojos en las playas de la costa del sol, sucumbí a los encantos del helado argentino y a golpe de batucada temblé ante las mulatas de Sao Paulo. Por si fuera poco todos los días padezco la falta de cultura del transeúnte común y sobre la pelota…mejor no hablar.
Pero mi país, en cambio, tiene otras cosas únicas. Detalles que nunca fueron resaltados por la grandilocuencia insular, tesoros como la autenticidad de su cultura rural, la sencillez de sus voces, el patrimonio de su diversidad y la fuerza de su pensar. Por sobre todas las cosas el sismo de un proceso transformador que no solo convirtió los cuarteles en escuelas como reza la consigna sino, mansiones en casas de cultura, comerciales de jabón en spots educativos y concursos de banalidad en maratones de sabiduría. A pesar de los censores y burócratas de turno, de políticas de choque y tornados ideológicos siempre prevaleció la verdadera cultura, el arte profundo y rebelde.
No alcanzo a definir exactamente en qué cruce de caminos torcimos el rumbo, pero me atrevo a afirmar que algo cambió desde la primera vez que tuve un dólar en la mano, hasta ese día solo visto por mí en el pequeño instante de las películas donde cierran el portafolios luego de la transacción que consuma el delito. A partir de entonces todo fue mutando del color verde de las palmas, al verde prohibido del dólar primero, y al azul artificial del C.U.C. luego. No sé si alguien ha notado que, mientras en la llamada moneda nacional (apelativo que casi convierte a la otra en extranjera) nuestros héroes aparecen en gallardo primer plano, en el C.U.C. se convirtieron en estatuas. Una siniestra metamorfosis.
Poseer la divisa como una especie de bendición sustituyó al cargo público, al carro del estado o las vacaciones en centros turísticos inalcanzables. Una nueva actitud pareció emerger formando nuevas y complicadas relaciones sociales. Una actitud que se manifiesta incluso en la forma de hablar o de caminar. Un pequeño juego al capitalismo subdesarrollado e incompleto terminó por socavar los pilares de un proyecto socialista esperanzador.

Como por arte de magia brotaron aquellas célebres controversias entre salseros que apelaban a lo externo como carta de triunfo. Apareció la palabra entretener en los medios de difusión pronunciada como abra cadabra para la gran teleaudiencia, esos mismos medios crearon y apoyaron a los monstruos  Frankesteins que hoy repudia cuando abandonan la isla en consecuencia con sus mentalidades de siempre. La televisión, por ejemplo, diseñó programas que imitaban lo peor de la televisión capitalista centroamericana y como toda imitación, carente de originalidad. Viene a mi mente un lamentable programa diseñado para el verano con aires caribeños que prometía a bombo y platillo “una piscina dentro del estudio” que luego resultó ser no más que una breve palangana de plástico con dos muchachas en bikini dentro, con el agua a los tobillos. Mientras el cine cubano asumió exageradamente la marginalidad y la destrucción arquitectónica y moral, la telenovela situó los conflictos entre top models, gerentes, mansiones de Miramar y hasta solares bien pintados donde todos merendaban en C.U.C., tenían autos y practicaban infidelidades en habitaciones de hotel.
Aparentar, simular, mostrar, especular parecen ser los nuevos y exitosos verbos cotidianos. La aparición de una nueva clase social acaudalada como resultado de  grupos convivientes: los pequeños negocios privados, los afortunados que trabajan en la santísima trinidad turismo-arte-divisas y los que reciben remesas familiares del exterior, trae consigo la desproporción del poder adquisitivo en relación a un trabajador promedio que recibe su salario en moneda nacional. No podemos dejar fuera a los que ejercen la corrupción como forma de vida con ingresos nada despreciables. Esta clase pudiente  acapara por tanto la mayoría del acceso a la telefonía móvil, a la tenencia de vehículos de transporte, a las mejores viviendas, el control de determinados servicios y tramitaciones legales así como mejor alimentación y acceso a la información.
La estética Miami, la llamada cultura Di Tú, el  alfombrarrojismo de algunos eventos y premiaciones, los sueños de grandeza limitados por la realidad conforman un universo virtual que intenta llenar frustraciones y carencias en gran medida provocadas porque la alternativa a estas estéticas es pobre y mediocre a niveles de difusión, pues en realidad todo un caudal de talento, modernidad y buen gusto subyace bajo este monopolio de fantasía sin posibilidades de emerger. En un país donde los discos no se venden en grandes cantidades se habla de mercado discográfico como si realmente existiera y funcionara como medidor de éxito musical. El video clip, que ha llegado a niveles verdaderamente altos de calidad de realización se ha convertido, en no pocas ocasiones, en legitimador de estas imágenes chocantes y falsas, modos de vida ajenos al nuestro, donde se juega Básquet Ball en las esquinas como en el Bronx o se vive a lo Beverly Hill con fans persiguiendo a la estrella y flashes de cámaras. Las listas de éxito de emisoras y canales certificadas por unos pocos ciudadanos, premios de la popularidad definidos por 50 personas, encuestas de opinión que no salen de los alrededores de la heladería Coppelia. Así transcurre esta fantasía en una ciudad prácticamente sin vida nocturna, sin Internet, sin televisión por cable y (por suerte) sin expendio masivo de revistas del corazón ni prensa amarilla. En los bancos clandestinos de renta de películas se alquilan bodrios como El Show de Cristina desactualizado, o patéticos programas de Miami donde da náuseas ver a nuestros actores de otrora envueltos en las dinámicas de tan singular entorno. Pero, la fantasía funciona mejor que el rigor de la realidad. Parece ser que fabricamos un mundo de lentejuelas y luces artificiales para nuestra existencia diaria. Queremos creer que nuestro voto decide un premio, que nuestra llamada telefónica o nuestro sms es medidor de calidad artística o reconocimiento sin pensar que en el mundo estos mecanismos son diseñados solo para engrosar las ganancias de las empresas y las compañías de telefonía móvil, que quien más se enriquece con la obra de un artista de moda no es el artista sino la disquera y sus ejecutivos. Que los realmente agradecidos de nuestra conducta servil y consumista son los sponsors y las marcas cuyos artículos muchas veces son confeccionados por niños esclavos en Asia o mujeres en las maquiladoras de Nuevo México. A primera vista nada de esto tiene que ver con nosotros. La machacada conciencia revolucionaria, no parece incluir la conciencia ecológica, los derechos de los gays y las lesbianas o el respeto por nuestro idioma; por más que se esfuercen algunas instituciones.  Así es, aunque algunos que leen en este momento no estén de acuerdo o consideren que es un extremismo mío les recuerdo: El mundo es extremo. Entonces, importar todos estos mecanismos a nuestra realidad es contraproducente, pues el cubano, masivamente, todavía no compra por marcas en nuestra maltrecha capacidad de oferta, el cubano compra…lo que hay o…lo que le toca. Cuando lo hace tiene casi la seguridad de que son bienes de consumo de segunda, burdas falsificaciones, pero no le da importancia porque el mundo donde se manifiestan todas estas características de las que hablamos también es de segunda, es una imitación sin sus bases económico-sociales y mucho menos políticas. Es como el puente sobre un río que no existe.
Así nos deleitamos con géneros foráneos que ya no se funden o mixturan con nuestras tradiciones sino que se importan tal y como fueron concebidos desde otra realidad, con vestuarios, accesorios, acentos y estereotipos. Últimamente hemos padecido y, por qué no, tolerado el fenómeno Reggaetón. Este es tal vez el ejemplo más elocuente de la ensoñación por un escenario completamente ajeno a nuestra realidad. Una estética que ha llegado a importar localismos idiomáticos de Puerto Rico o República Dominicana en el habla de nuestra juventud, ademanes y gestos calcados de los videos, señas que son utilizadas en la triste y violenta supervivencia de las pandillas callejeras centroamericanas. Todo desde una mirada externa.
Si al menos importáramos los verdaderos valores de movimientos musicales o tendencias ideológicas progresistas de todo el planeta o pusiéramos en su lugar manifestaciones culturales surgidas entre los avatares de esta calle nuestra, dígase Hip Hop, Grafitti, cuando la Trova deje de estar custodiada por dos matas de Areca en el rinconcito patriótico y la Rumba se despoje de los turistas y el  jineteo cultural. En cambio tenemos una puesta en escena donde aparecen tribus urbanas (más que tribus, cuadrillas): Emos que no conocen a Andy Warrol, Hippies que no saben que hubo una guerra en Viet Nam o un concierto en Woodstock , Vampiros que beben Red Bull y Bloggers sin conexión. Gente que dice “hicistes” y “estuvistes”, otros que piensan “de que…” Lo más terrible, en mi opinión, es ver a especialistas y personalidades de indiscutible prestigio tratando de legitimar estas estéticas, teorizando sobre valores musicales o convenciéndonos de la relevancia cultural de la maquinaria hollywoodense o la comida chatarra (que aquí es todavía peor).
Como señalaba Eduardo Galeano, el mundo está patas arriba. Nada escapa a la irrealidad virtual. Incluso en los sectores que tradicionalmente fueron alternativos florecen los artistas que huyen despavoridos ante el apelativo canción social, o se auto declaran “apolíticos”. Que prefieren  los teatros llenos aunque el público no alcance más que a tararear dos palabras de su estribillo. He visto el desfile de los “arrepentidos” que regresan del “exilio cultural” a ocupar lugares de difusión más altos que cuando se fueron, levantando las banderas que un día plegaron. Todos quieren formar parte del show de mentiritas donde el dinero es el protagonista (en dos monedas), la poesía un pecado capital y la patria, pedestal.
Nuestro país pareciera culturalmente dividido en dos, por un lado el sueño pseudo capitalista que puja por imponerse sin tener idea de lo que significa, que pretende consumir sin aportar, con sus cualidades variadas y defectos únicos, carente de profundidad, que clama por acceso a la información para desinformarse, que pide progreso personal y tiene manías de superioridad. Por otra parte los que procuran transformar la realidad desde el pensamiento, los que queremos avanzar con conocimiento y participación real, para quienes el arte es una necesidad fisiológica y un arma peligrosa y liberadora. En medio siempre están los que fluctúan según la marea. Pero la libertad no es solo la ausencia de rejas, es también la abundancia de espacio.
Esta noche nuestra ya veterana televisión cubana anuncia hasta el cansancio un espectáculo de variedades donde una compañía (asalariada del Estado) reproducirá escenas de La sirenita, El Rey león, Aladino y La bella y la bestia pero, no las de Andersen, o los maravillosos poetas anónimos de Las mil y una noches sino…las de Disney.
De momento me queda la opción de apagar el televisor y abrir un libro, el que yo decida. No sumarme a la fiestecilla, al baile sin cabeza. Al fin y al cabo el bagazo no es buena madera para construir puertas.

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