Pintana se nos fue, pero dejó pintado para siempre el patio de casa…

Fuiste vaga de nacimiento pero supiste hacerte la dueña del patio, agitando tu trasero, parándote sobre quien se acercara a saludarte, recibiendo en esa instancia de la casa, la más alejada de la puerta de entrada, a quienes en confianza familiar traspasaban el umbral de la verja que separaba tu reino del mundo para finalmente conocer a Pintana, un miembro más de nuestra familia, y así como una pieza más, te sabías parte y presa de nuestras circunstancias.

En la memoria quedan muchos recuerdos… el primer “regalo” que nos dejaste en la sala de casa, los charcos de orina que nos sacaban de quicio y que Lucas nunca limpió, Marita y Harriet  a caballo sobre tu lomo, tus broncas con Andina “la manchada”, y también tus dolores y la resistencia y la fuerza con que aguantaste tus últimos días… siempre guardiana, junto a los enanos, velando como la mejor niñera que nunca tuvimos.

El patio nunca será el mismo. Nuestras charlas del taburete en petit comité no serán las mismas sin tu compañía y tu pálido rostro observador, testigo de nuestros encuentros a la sombra del árbol, junto a las ruinas de un local que un día soñamos una fuente de Cultura para nuestro pueblo.  Siempre fuiste una más entre nosotros y te echaremos de menos, y como el amputado que siente dolor en el miembro que le falta, estamos seguros que nosotros seguiremos escuchando tus ladridos en el patio, anunciando un nuevo amanecer en La Habana…

¡Fuiste grande Pintana! El Taburete.

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