Pas de Quatre: Cuba, Silvio, Mónica y Alejandro…

Por: Rosa Miriam Elizalde tomado de Cubadebate
“Por todo espacio, por este tiempo” se titula este volumen de Mónica Rivero y Alejandro Ramírez con prólogo del investigador Fernando Martínez Heredia. Foto: Roberto Garaicoa/ Cubadebate

Palabras de Rosa Miriam Elizalde en la presentación del libro “Por todo espacio, por este tiempo”, de Mónica Rivero y Alejandro Ramírez, en el Pabellón Cuba, de La Habana, este 1 de agosto de 2014

Mónica Rivero: La voz

La primera vez que la vi en la redacción de Cubadebate en el 2010 pensé que tenía 15 años. Menuda, pecas adolescentes, un vestidito demasiado sobrio para los tiempos que corren y el pelo recogido sin mucho esfuerzo, parecía una chiquilla escapada de la secundaria. Si hubiera traído pantuflas de Hello Kitty no me habría sorprendido. Lo que sí me asombró fue aquel primer texto. Hablaba de las rejas en los portones, ventanas y guardavecinos de esta ciudad, que “inmóviles y silenciosas nos miran pasar”. Una niña o una estudiante de Periodismo cualquiera no habría podido describir con tal economía de palabras un estado de ánimo, que era en realidad lo que se alzaba y tomaba cuerpo en esta representación de los enrejados de Centro Habana.

Cuando empezó a enviar por correo electrónico sus reseñas sobre la gira de Silvio Rodríguez en los barrios –incluidas casi todas en este libro- ya estábamos, como se dice, curados de espanto. Mónica sorprendería, y así fue. Para empezar, el protagonista de sus notas no era el cantautor, aunque su música está todo el tiempo en sordina y subraya el contexto, para hacerlo más dramático o emotivo, como en una buena película. Ella a quien le presta su voz es a la vecinería más humilde de este país que asiste a los conciertos. Y hay guitarras y canciones conocidas, pero son recursos subordinados a Esperanza, que es alcohólica y no tiene dientes; a Toni, el vendedor de frituras de Jesús del Monte; a Liberada, la costurera de 92 años; a Júpiter la Bala, el vendedor ambulante de La Cueva del Sumidero; a Garibaldi, Estanly, Yasari y Shakira, los niños de El Fanguito. Son ellos, nuestra gente invisible, los que de pronto tienen voz porque Mónica se las presta para que nos recuerden que por ahí no pasan muchos y que “estamos en un barrio ‘incivilizado”, pero seguimos con la Revolución”.

No soy crítica de literatura ni de música, pero he visto correr muchos ríos de tinta en estos mundos informativos de Dios. Y con esa dispensa creo que “Por todo espacio, por este tiempo. Con Silvio Rodríguez por los barrios de La Habana”, es una lección contundente acerca de cuáles deberían ser las prioridades para alguien que pretenda hacer Periodismo en Cuba, y en cualquier otro lugar. No es de imponer una idea de la cultura, el deporte, un concierto o una parcela de lo que en realidad se trata cuando intentamos que otros nos escuchen; la prensa no cumple su función necesariamente cuando hace la historia y habla de “un viejo, de un niño o de sí”, como advierten los versos del poeta trovador.  El Periodismo tiene sentido si se vincula a una concreta reivindicación del mundo real y a las angustias y a las esperanzas de los más humildes, como lo hace este libro.

Pero para hacer eso, sin que parezca un panfleto o una catarsis, hay que tener rigor técnico, una sensibilidad alerta, una sutil estrategia para las citas ajenas, un don para narrar, y para sorprendernos y dejarnos en vilo. Mónica, obviamente, posee todo eso, y lo lleva al natural, como su estampa de quinceañera, que conserva cuatro años después de su aparición por Cubadebate y del inicio de las giras de Silvio.

Alejandro Ramírez: La mirada

Los textos de Mónica dialogan con la mirada de Alejandro Ramírez Anderson, cineasta y fotógrafo, el hijo de un mítico guerrillero guatemalteco, el Comandante Rolando Morán, líder del Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP). (Menciono el nombre de la organización de Morán con alevosía, porque eso hace su hijo, militar con los pobres.)

A Alejandro también lo conocí en Cubadebate: llegó a la redacción con un montón de fotos de Haití, un país en shock porque acababa de ocurrir el terremoto que le costó a esa nación más de 250 000 muertos. Su propuesta fotográfica era insólita: el no se regodeaba en las escenas del horror, dramáticas y perfectas para un Gran Premio de Fotografía. El captó las escenas que reflejaban la voluntad de aquel pueblo para salir adelante, con sus niños jugando al pie de los escombros, los pintores pintando, los pescadores en sus faenas, y las mujeres y los hombres adecentando como podían lo que había quedado en pie. La vida, terca como siempre, seguía andando, y esa era su crónica, y la única noticia que valía la pena.

No he podido dejar de recordar este antecedente mientras repasaba el libro. El Alejandro que se fue a Haití para capturar la dignidad de los seres humanos más castigados del planeta, ahora enfoca la cámara Isla adentro con similar lucidez. ¿Cómo se las arregló para no repetir el ángulo de la foto en los 44 conciertos que quedaron registrados aquí? No olvidemos que la tramoya, de barrio en barrio, era más o menos la misma: Silvio, los músicos, los instrumentos, la tarima, las luces, la bandera, las casas precarias, las calles astilladas, las tendederas, los carteles del papel y del cartón que la gente encuentra tirados por toda Cuba. ¿Cómo logró evitar la estética de La Habana cayéndose y los carros viejos, el fetiche en que se ha convertido esta islita en las imágenes internacionales? ¿Cómo hizo para que Cocosolo, El Fanguito, La Hata, La Corbata y tantos otros sitios se reconocieran en sí mismos?

Es verdad que todos esos lugares tenían estas y otras muchas cosas en común, pero las imágenes cuentan una historia única en cada barrio, que lo perfila con su particular gravedad. Quien pasa las páginas del libro siente, como ocurre en los pueblos pequeños alejados de las grandes ciudades, que todas las personas se conocen, tienen nombre, facciones, y que nada aquí parece pre-determinado, porque todo está por hacerse, o haciéndose. En otras palabras, lo que devuelve la mirada de Alejandro es la impresión estimulante de un contacto cálido, bienhechor con lo mejor de este país.  Un país en la periferia que contiene bellezas y virtudes, y oídos para oír y voces para decir. Ellos, parafraseando a Silvio en “La verdadera dimensión de las cosas”, conocen todos los secretos, te cuentan al oído maravillas, “yo no digo que sean las verdades/ pero al que se le apagan las estrellas/ no le puede importar si un foco brilla”.

Coda

Este es un libro con cuatro actores: la voz, la mirada, el patrimonio musical y el barrio en la durísima y despojada cotidianidad de nuestro país. Sin sensiblerías, porque la gente que habita esos lugares, gentilmente llamados “periféricos”, tiene tanta dignidad como ganas de cantar y agradecer las canciones de Silvio y el lujo de su música y de los músicos que lo acompañan, allí, a la vera de sus casas. El que lea este libro sabrá que los vecinos de “tales” barrios no son meros espectadores, son una realidad o si se prefiere, una advertencia, como aquella de Kafka cuando dijo: “Todos los seres humanos estamos atados entre sí por cuerdas, y cuando éstas se aflojan en torno a alguien que resbala un poco más que los otros en el vacío es peligroso, pero cuando las cuerdas se rompen y aquél cae definitivamente es horrible. De ahí que debamos sostenernos los unos a los otros”.

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