perrea niña perrea… ¡Fuera el reguetón de las escuelas!

REAcabamos de sacar un artículo en la revista El Caimán Barbudo (/www.caimanbarbudo.cu) que quiero como partir porque aborda un mal que nos toca a todos, y aprovecho para hacer algunas consideraciones.

El tema, que Julio Martínez Molina aborda, con la profundidad y claridad que le caracteriza, es el de las seudomúsicas des-socializadoras, des-cerebrantes (de la que el reguetón es el ejemplo-colmo), cómo tenemos que sufrirla en centros “culturales”, medios de transporte, y, lo que rebosa la copa, en las escuelas, incluyendo las primarias y hasta círculos infantiles.

No me da la gana que mis hijos, a los que he –hemos, pues para eso he escogido pareja-  formado con un sentido cultural de la música, y de desplegar la existencia lo más poéticamente posible, se conviertan en unos inadaptados sociales cuando tienen actividades “culturales” o “recreativas” en sus centros estudiantiles. Y no lo digo con énfasis por sus centros específicos (que no son de los peores al respecto), tampoco lo digo realmente por mis hijos Amalia, José Julián y Abel, pues ellos tienen una sólida formación que les permite discriminar de inmediato, y mirar con pena hacia los otros cuando ocurren estos cruentos hechos des-espirituales a su alrededor. Creo que la Revolución en si misma ha sido un trascendental hecho cultural de esta nación y la tiramos por la borda con la “cultura presidiaria” que contamina el ambiente musical de la isla.

Vas a una actividad en la primaria, los niños representan Los zapaticos de rosa de José Martí, y luego te espantan un reguettón o un invento macabro que se llama La aventura que es como Los pasteles verdes elevado a la N (lo cual habría parecido un imposible en los 80); no me explico cómo puede expandirse un producto tan limitado, tan elemental y edulcorado; miro con asombro y espanto los rostros de los que consumen esas melcochas sonoras anormalizantes; expresiones duras, inexprresivas, ojos vidriosos, como de peces; sin dudas son el reflejo de un acelerado proceso de descerabramiento que nos invade con la globalización de la seudocultura consumista. Algo que es viejo, la cultura comercial, banalizadora es consustancial al desarrollo de los medios masivos y el interés de sus dueños, los comerciantes. Cada día son más violentos censores de las expresiones auténticas de los pueblos, y propagadores de un sistema de estrellas crecientemente insustancial, pues el objetivo es convertirnos en homus de consumus, o sea, marionetas del mercado.

No sé cuándo va a llegar nuestra censura; le hemos cogido miedo al término como si no fuera parte de la promoción y jerarquización en todos los sectores de la vida y en todos los países de la tierra.

La censura (para no ir con eufemismos) es un hecho imprescindible para convivir socialmente; uno no puede salir encuero para la calle (aunque el calor lo sugiere). Ni puede coger un arma y disparar y dañar físicamente a otra persona, ni manejar un auto por la acera, en fin, nos atenemos a una serie de prohibiciones que nos permiten convivir más o menos en paz y armonía.

Podría ser discutible una censura musical en los medios y en los espacios públicos (estatales o particulares), lo que nadie puede cuestionar es la imprescindible regulación en los centros estudiantiles. Un derecho que tiene el sistema de educación. De hecho en la historia de nuestra radio y TV hay antológicas censuras (que aun no han sido extinguidas), lo que regularmente han sido censuras incultas, que prohíben o el rock, por extranjerizante, o Silvio, Pablo, o canciones de Carlos Varela, Pedro Luis Ferrer, por “conflictivas” o Celia Cruz, porque dijo algún disparate contra el gobierno de la isla, o a otros porque emigraron, o hasta a Mercedes Sosa, porque alguna vez hizo alguna declaración ni sé contra qué, tomada por inapropiada. Por suerte muchas de estas “censuras” han quedado en el pasado (aunque no han muerto); y no está de más que deje claro que estoy en contra de que se censure cualquier obra de arte, pero no lo contrario.

A propósito, una curiosidad, nadie sabe en la mayoría de estos casos quién censura, alguien llega y te dice “no se puede poner esto”, y ese no sabe quién lo dijo, a él se lo informó su jefe inmediato superior y a ese el suyo, pero nadie sabe un nombre ni aparece un papel. Es un misterio sin sentido (o con el sentido de los que saben ni asumen lo que hacen), los medios tienen todo el derecho (y eso se da por sentado en cualquier rincón del mundo) a ejercer su política promocional, y por tanto, se pone y prioriza lo que le conviene al dueño del medio, y lo que no le conviene se prohibe. Yo supongo que el problema en Cuba es que como los medios no son de nadie en particular y el “de todos” es diverso y trae contradicciones, pues los que ejercen la censura no quieren marcarse, quizás porque obedecen más a caprichos que a cumplir con la política cultural del país.

Pero vamos al pollo del arroz.  No me explico cómo el Ministerio de Educación no acaba de prohibir terminantemente la música por la libre en las escuelas. ¿No irán a la escuela los hijos de los que dirigen allí? No hay centro estudiantil que escape de ese imperio de los que ponen el audio; llegan y con su habitual mal gusto espetan al estudiantado toda la seudomúsica que se les antoja convirtiendo la escuela en una discoteca de ese ruido, diría que desmoralizante, que caracteriza a las actividades bailables contemporáneas.

Es hora (desde hace años) que los ministerios de Educación y Cultura, hagan un módulo musical que llegue a todas las escuelas del país, como mismo se reparten lápices, libretas y libros. Acompañado de una resolución que prohíba, bajo pena de fuertes sanciones a profesores y directores de centros estudiantiles, poner en cualquier tipo de actividad con estudiantes, sea en el centro o una fiesta de fin de curso en otro lugar, una sola pieza que no esté en ese módulo.

El “modulo musical” podría contener las mejores contradanzas, danzones, rumbas, zarzuelas, sones, boleros, guarachas, chachachá, filin, trova, jazz, en fin una antología de la música cubana, (desde sus orígenes hasta hoy) que pueda servir para coreografías bailables, apoyar clases, actividades, recesos…pienso en discos que vayan desde el trío Matamoros, la Aragón, el Septeto Nacional, hasta los Van Van, Irakere, Silvio, Pablo,  los Muñequitos de Matanzas o Adalberto y su son; discos en que nuestros cantautores han musicalizado a Martí, Guillén, Eliseo… y, por supuesto, en ese módulo no podría faltar el cancionero infantil tan hermoso que tenemos con Teresita Fernández, Liuba María Hevia, Rita del Prado, y el dúo Karma, por mencionar algunos. No estaría mal otros cancioneros clásicos infantiles como el de la argentina Maria Elena Walsh.

Claro que en un inicio habría resistencia, incluso de algunos profesores, y especialmente de tanto niño atrofiado o dañado por la contaminación espiritual en nuestro medio ambiente; precisamente por ello, urge tomar estas medidas. Y creo que en poco tiempo los mismos profesores se empaparían con la esencia de esa música, la estudiarían (al menos,  algunos) y la propagarían, unos con entusiasmo, otros, porque no les quede más remedio.

Esto no es para mañana, el rancho está que arde, la música acompaña al ser humano, cada vez más; con las nuevas tecnologías, hasta transitando por las calles, va con nosotros. La música contiene espiritualidad, elevada y poética, o primitiva, egoísta, inhumana (aunque a esta prefiero llamarle seudomúsica o música apócrifa).

Reitero que esto no lo hago por mis hijos… digamos de sangre, ellos tienen un sentido cultural y crítico que les permite desechar automáticamente todo lo que no va en dirección auténtica. Son fanes, por ejemplo a Silvio Rodríguez, Chico Buarque, Beatles, Charly García, Gerardo Alfonso, Fito Páez, Calle 13, Pedro Guerra, Queen, Santiaguito Feliú, Luis Eduardo Aute, (esto es, literalmente, lo que más ponen cuando se sientan a escuchar música o hasta a jugar un rato en la computadora)… y yo no tengo que dictar nada, ni prohibir porque el ambiente que los formó fue propicio; de tal manera que ellos creen (o saben) que toda la buena música es de su tiempo, no importa el rincón del mundo o la época en que fue creada. Así los puedes sorprender cantando una canción de Violeta Parra, de Nico Saquito, Lila Downs, Ariel Barreiro, Ana Carolina, Roly Berrio, los Trivalistas, o de León Gieco… en fin más que ellos, me preocupan los demás hijos de Cuba, aunque también los propios, pues pueden compartir sus gustos culturales con pocos amiguitos. Y no se trata de gustos, sino de maneras de apreciar la música, de toda la carga de conocimiento, poesía, cultura de los pueblos, del alimento espiritual del que se nutre el ser humano mediante una canción. La salud del alma depende del alimento cultural del que te nutres, y lo que se está comiendo hoy es masa cárnica texturizada sonora que está disecando en vida a muchos seres.

Perrea, niña, perrea

Por: Julio Martínez Molina. 12|8|2014

Ni conservador ni victoriano; ni pacato ni gazmoño. Solo portador —creo—, de un mínimo de sentido común. Cuando se pensó sería tan solo una moda pasajera, otra más… prendió fuerza con tanta saña en Cuba como la burocracia, el maltrato al prójimo o el marabú. El reguetón, no contento con desbordar en cada cuadra los tímpanos de personas mayores o de cualquier edad lancinadas por ese patrón ritmático primitivo (nunca música), se hizo dueño, hace años, del sistema general de transporte de la nación —privado y estatal—, instituciones de distinto signo, centros recreativos…

En estos últimos, hasta en los menos pensados, existen canales internos de reproducción por DVD donde las 24 horas torturan al cliente con los tambores de Kong de “grandes machos” con tremendos complejos de inferioridad, porque ningún hombre, en pos de confirmar su sexo ante la colectividad, precisa ser tan prepotente, humillador, ofensivo y denostador de mujeres, niños, ancianos, las buenas costumbres o los valores cívicos de un país.

Lamentablemente, pese a que los congresos van y los congresos vienen, los planteamientos de los intelectuales son ignorados en cada sitio, o feudo, por administraciones desentendidas del todo de los encargados del tema música. Ellos, manus militaris, atacan con artillería pesada a quienes no desean oír esa retahíla de imbecilidades machistas a decibeles estratosféricos.

Su mejor defensa cuando son interpelados es que complacen al público con su preferencia. Se equivocan: es nada más a un receptor condicionado mentalmente a recibirlo, porque fue inducido por todas las vías a ello. Porque los medios siguen sin jugar su papel; porque la educación artística y musical en el sistema docente cubano es precaria; porque quien no entra en la “horma” resulta incomprendido por la masa: mucho más si es un (a) adolescente o joven.

Así andamos y así vamos, lo cual no está bien, supongo. A lo mejor no queda otra que coincidir con un gran escritor cubano contemporáneo, cuando, pocos años atrás, escribió que el de marras era el ritmo que se merecía una época tan sórdida.

Ahora bien, deben existir ciertos topes, determinados flancos no factibles de someterse a semejante contaminación sonora. Hace escasos días asistí a la reapertura del palacio de pioneros de un municipio cienfueguero. El recibimiento fue una grabadora en el patio con un reguetón de los bien “tú sabes” enlodando las percepciones de esos inocentes.

Echaron basura en el verde jardín; en la sábana blanca vertieron hollín. Los ratones entraron al huerto de los pioneros, con Guaso y Carburo de vacaciones. Por fortuna, una de las funcionarias que nos acompañaba se lo hizo notar a la responsable de la musicalización del acto. Lo quitó, al menos de momento.

Lo mismo sucede en parques de diversiones u otros sitios destinados al público infantil, a la vista, al oído de todos, sin quejas. Si hay reticencias, son acaso internas. La gente no verbaliza, por miedo a parecer extraña, a contrariar.

Semanas antes, la televisión local publicaba un reportaje sobre el montaje de una suerte de “banda” rítmica. Entre las entrevistadas figuraba una niña de algo más de dos años, quien apenas sabía hablar, pero a la cual le enseñaron a contorsionarse como las bailarinas de Pitbull. Aquello era visto, por los enfocados por la cámara y el entrevistador, como algo sumamente gracioso.

Que cada quien, de modo individual, fragüe la banda sonora de su vida con el ritmo que le convenga, pero en su casa. Las direcciones de las instituciones (de cual tipo fueren), deben desempeñar su papel, precisan poner ojo avizor para impedir desaguisados tales.

Si además de vivir en medio de una crisis económica, con divorcios en crecimientos exponenciales, violencia al aumento, alcoholismo desenfrenado u otros males, a nuestras niñas las vamos enseñar a “perrear” desde que nacen en nuestros propios palacios de pioneros, parques de diversiones u otros centros infantiles, ¿qué les podremos pedir mañana?

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