Amaury, con dos que se quieran es bueno, pero no basta…

Por Fidel Díaz

Acabo de ver el programa de TV de Amaury Pérez entrevistando al trovador Carlos Varela. Debería alegrarme que Amaury haya traído a colación  el libro “Trovadores de la herejía: Frank Varela, Gerardo y Santiago”, recopilación que hicimos Bladimir Zamora y yo, con la Casa Editora Abril;  pero el manejo epidérmico-nebulósico  que hizo Amaury de él (ya sabemos que la TV –para muchos- tiene que venir cargadita de glamour, sensacionalismo…) me incita a aclarar algunas cosillas; no por lo que se refiere al Blado y a mí, que por gajes del oficio llevamos como 30 años (por lo bajo) promoviendo la trova cubana de todas las generaciones y vivan donde vivan sus exponentes; si no para que la mayor cantidad de personas pueda salir de los desvaríos conceptuales e informativos que dijo alrededor del libro (y de otros aspectos en los que no me voy a meter, como los “innombrados” trovadores de Habana Abierta -o conocidos así-, las más nuevas generaciones de trovadores –de la cual Amaury sabe bien poco pues nunca pasa por peña o evento trovadoresco por los que los muchachos peregrinan-, o de la misma crítica musical, o prensa cultural, a la que hizo referencias al vuelo, -lo que se conoce callejeramente como “puyitas”, con visos de irreverencia).

Lo primero a señalar es el tratamiento al libro, no solo a “Trovadores…”, al libro como objeto cultural;  los “libros” que llevó al programa, y a los que trata como postales de floripondios por San Valentín. Si supuestamente los iba a tomar como referentes, sea alabando o criticando (que son sus derechos) debió dar los datos elementales, sobre todo para que el televidente sepa a qué se refiere: autores, editorial, una línea al menos de la temática. Los nombres de los que hicimos “Trovadores…” corrimos mejor suerte porque nos mencionó Carlitos.

Lo segundo es el misterio gratuito que armó alrededor de la foto de cubierta del libro “Trovadores de la herejía”, haciendo un símil con una creo que de la revolución rusa (y ya que el chaval se la da de valiente pudo usar el ejemplo de la foto de Fidel hablando a la radio en   enero de 1959, en la que algún zocotroco borró de un segundo plano a Carlos Franki, porque había traicionado). Ahí Amaury trazó una parábola de los que borran a gente de la historia y por qué habían borrado de esa foto a Donato Poveda y a Alberto Tosca. Me parece, Amaury, que hay que prepararse más para hacer un programa de TV y al menos hojear el libro y preguntar (si hasta mis correos tienes) para no disparatar ante tanta gente (con tan buena teleaudiciencia que te has ganado). Se trata de una foto, hasta famosa ya, de ellos cuatro (Gerardo, Santiago, Frank y Varela) y muchos saben que específicamente esa es así, con ellos nada más. Basta pasar las páginas del libro para ver que hay otras fotos de ese día; una en la que no está el Santi, otra, en la que aparte de ellos cuatro está Enrique Carballea (y un brazo de alguien). Realmente no parecen tiradas por un profesional pues en una tienen cortadas las piernas, no hay un plano encuadrado con precisión.  Como dijo Carlos, esa foto (esas) se las tiraron en Lawton, frente a la casa de Santiago ante el muro de un inmenso colegio que al parecer fue antes un convento o algo así. Yo le pregunté a Gerardo y a Santiago quién las tiró y no recuerdan bien, quizás se la hicieron entre ellos con algún amigo, pues entonces eran unos muchachos con guitarra buscando canciones y no tenían a un Korda, o al Plátano siquiera allí, -que ya por ese tiempo cazaba con su lente a los trovadores.

No hay misterio ni censura, ni ganas de borrar a nadie, ni tiene que ver con la revolución rusa, ni de estrechar generaciones.

Tal pareciera que a Amaury le regalaron el libro entrando al estudio y no le dio tiempo siquiera a echarle un vistazo, pues precisamente la introducción al libro comienza por responder la pregunta ¿por qué ellos cuatro (Gerardo Alfonso, Carlos Varela, Santiago Feliú y Frank Delgado)? y no otros. Con un poquito de honestidad, en lugar de la nube oscura acerca del concepto antologador, espesando el humo en un supuesto reduccionismo o intención de dejar fuera a otros, especialmente a un Donato Poveda, pudo haber dicho que este era el primer libro en serio abordando una parte de  esa “generación” de la llamada nueva trova, con entrevistas a ellos cuatro, 40 textos de cada uno, de cada trovador con cifrados para guitarra y buenas fotos. En los que se mencionan y hay imágenes de muchos otros.

Aunque en esta entradita al blog aprovecho para publicar esa Introducción que explica lo que Amaury no leyó, -y también el prólogo de Vicente que da otras luces-, quiero precisar la idea. Este libro, que vino tras uno sobre la llamada Trova Tradicional (Cualquier flor de la Trova Tradicional Cubana), y otro sobre Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Noel Nicola (Una guitarra un buen amor), han pretendido ser solo primeros acercamientos a un proyecto que iría creciendo; como primeras miradas buscando a los más reconocidos por tener más mano toda la información. La primera idea con “Trovadores…” era incluir  también a otros, incluso Donato al que le envié un par de correos a una dirección que me envió Santiaguito y nunca recibí respuesta. En casos como estos que tienen disqueras y editoriales, es especialmente complejo, pues se necesitan documentos de autorizo. Luego, el poco tiempo del que disponíamos para entregar a la Casa Editora Abril, nos llevó a centrar en unos cuantos. Concebimos entonces hacer un libro solo con estos cuatro, por traer un trabajo en paralelo durante más de 3 décadas, por tener una obra equivalente y una resonancia similar, y por ser poéticas que se diferencian y se complementan. No quiere decir que no pueda ser cuestionado el concepto con que se antologó, pero quien conoce cómo hemos trabajado el Blado y yo (y especialmente Bladimir que es todo un gurú de la trova), en nuestros programas de radio, de televisión, en El Caimán Barbudo, o en el resto de la prensa, y en peñas cuasi incontables, incluyendo la que este miércoles 11 de marzo cumple 6 años, religiosamente semana tras semana, no se le ocurre siquiera hociquear que estemos discriminando o apartando a trovador alguno. De paso, queda invitado Amaury a la peña Trovando de los miércoles, (promo) de 5.00 a 8.00 pm en el patio bar de los Estudios Areito de la EGREM, en San Miguel y Campanario, para que conozca a buena cantidad de  trovadores variopintos, de todas las generaciones  e influencias, no solo las de Silvio y Pablo (aunque, hombre, al César lo que es del César). De seguro esa experiencia  le dará nuevos argumentos.

Ah, y el programa me encanta, desde la anterior versión.  (Mira, cabría decir mejor como Boris Larramendi –de Habana Abierta): Marea, pero me encanta.

Aquí va la Introducción que escribí con el Blado y el Prólogo de Vicente Feliú para el libro “Trovadores de la herejía: Frank Varela, Gerardo y Santiago”, Casa Editora Abril 2012

Introducción

Varela, Santiago, Frank y Gerardo ¿por qué ellos cuatro?

Si se trata de antologar a trovadores cubanos existen variantes infinitas, algunas casi imposibles de recoger en un libro, ya que desde mediados del siglo XIX viene esa figura, guitarra al hombro, andando en el tiempo, escudriñando en él para cantar luego sus verdades con la mejor poética posible, la que dicta su espíritu. El trovador es un bohemio cantor que pulsa voz y cuerdas ante una mujer asomada al balcón; los compañeros en la manigua; los amigos en una taberna, en un parque, en un café, en la sala de una casa; o ante una multitud en un teatro, incluso, en un estadio. Han transcurrido desde  aquellos borrosos inicios hasta hoy más de ciento cincuenta años ininterrumpidos de creaciones, por lo que podemos imaginarnos cuántas canciones habría que rescatar; muchas de ellas perdidas para siempre, pues ni siquiera fueron registradas.

De alguna manera hemos tratado de apresar fragmentos de nuestra cancionística. Gracias a la

Casa Editora Abril publicamos Cualquier flor… de la Trova Tradicional Cubana, cincuenta textos

de algunos de lo más notables creadores como Sindo Garay, María Teresa Vera, Miguel Matamoros, Manuel Corona, entre otros. Luego —también con la gracia de Abril— Una guitarra, un buen amor, cien obras de Silvio Rodríguez, Noel Nicola y Pablo Milanés. Pero adentrarnos en la llamada Nueva Trova (nadie debe dudar que la trova es una sola desde su semilla hasta hoy, repoetizándose siempre con su tiempo) es  una tarea de años, y hacer una selección total no es humano. Por otra parte, sentimos urgencia de sacar a la luz todo ese tesoro espiritual, especialmente para que no lo pierdan las nuevas generaciones de coterráneos que, de seguro, podrán ser más plenos y amar con mayor intensidad si han bebido la savia de esa parte importante de la raíz nacional.

Recopilando estamos, y soñamos con abarcar toda la Nueva Canción que en la década del sesenta cambió la historia musical en el continente y gran parte del mundo a través de  valiosos autores: Violeta Parra, Chico Buarque, Atahualpa Yupanqui, Joan Manuel Serrat, Bob

Dylan, Charly García, Víctor Jara, Joaquín Sabina, Daniel Viglietti, en un proceso que llega a nuestros días, paralelo al de la trova cubana.

Al encontrar la respuesta a una pregunta nace otra, se alcanza la respuesta y surge, a su vez, la

nueva interrogante que nos lleva más allá. Así, mientras buscamos, más creadores aparecen, y

muchísimas obras asombrosas, poco conocidas  en su mayoría, pues ya se sabe que la gran maquinaria mediática no fue hecha para la canción  auténtica, poética, sino que la combate, la arrincona, trata de aniquilarla con música desechable, empobrecida, despersonalizada y despersonalizadora.

Compilar una antología que abarque la llama-da Nueva Trova lleva un nivel de recopilación,

selección e investigación que estamos haciendo, pero queda demasiado por delante. Y pensando en lo poco “asentados” de quienes nos implicamos en el asunto, sospecho que eso será un proyecto a cumplir por nuestros herederos.

Hemos optado por mencionar a los creadores más representativos de algunos momentos, como “aperitivo” de lo que debe ser ese cancionero soñado. Ya rozamos la Trova Tradicional

y los inicios de la Nueva Trova, ahora queremos dar un toque a la segunda generación que, tras

aquella de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Vicente Feliú, Noel Nicola, Amaury Pérez, Sara González, Pedro Luis Ferrer, Augusto Blanca, Lázaro García, entre otros, surgió en los años ochenta.

Por esta razón, nuevamente la Casa Editora Abril nos dio la oportunidad de editar un cancionero. En pocos meses nos vimos en la necesidad de hacer —como en anteriores ocasiones—, un corte generacional, con un mínimo de autores. Esta vez escogimos la generación de “los topos”, o “los hijos de Guillermo Tell”, que es muy amplia. Entre ellos se incluyen: Alberto Tosca, Marta Campos, Pepe Ordás, Donato y Roberto Poveda, Juan Carlos Pérez, Carlos Varela, Santiago Feliú, Frank Delgado y Gerardo Alfonso.

Al final nos decidimos por cuatro trovadores que han venido trabajando en paralelo, cuyas obras tienen mucho en común, con dimensiones y resonancias equiparables y que, en cierto

momento inicial, fueron nombrados por algún crítico como “Los Beatles de la trova cubana”:

Carlos Varela, Gerardo Alfonso, Frank Delgado y Santiago Feliú. Cada cual con su poética.

Varela: teatral, se muestra distante en escena, como si nos cantara de reojo para hacernos cómplices de alguna noble maldad; con historias alusivas, personajes desgarrados, reales o mitológicos, y una sonoridad entre el rock y el country. Gerardo: inagotable, sereno, buscando lo mismo del son que de ritmos afrocubanos, hasta del blues o el rock; lírico o guerrero, siempre poético. Frank: jaranero, de humor desbordante, agudo, en ocasiones tierno y golpeado; con sabor criollo a son, guaracha y a veces cierto toque de blues, interactúa con el público hasta en los discos. Santiago: existencialista; filosofando en su intenso y peculiar guitarreo, entre el flamenco y el rock argentino; explota en escena; extratosférico, a veces algo impaciente, eléctrico.

La obra de estos autores resulta imprescindible para calibrar los últimos treinta años de la música cubana. Baste nombrar canciones al azar y pensar en ellas para que se nos presente Cuba en dimensiones diversas: Sábanas blancas; Vida;  Guillermo Tell; Cuando se vaya la luz, mi negra; Jalisco Park; Son los sueños todavía; Veterano; Trovatur; Odisea perpetua; Habáname; Monedas al aire; Dicen que…; Con la adarga al brazo.

Nosotros los consideramos trovadores de la herejía porque son fieles a la tradición trovadoresca y cantan lo que han visto, sufrido y soñado con voces propias y universales. Mal mirados por algunos, malcriados, —que para eso son humanos— pero, sobre todas las cosas, auténticos trovadores, consecuentes, que dicen lo que piensan y lo reflejan desde la poesía de sus guitarras criticando, amando, desafiando. La honestidad es la mejor manera de estar comprometidos con su tierra; por eso son trovadores, herejes, y a la vez hijos que dan testimonio de esa gran herejía que es la Cuba que hacemos para el bien de todos.

Los autores

La Habana,

20 de octubre de 2010

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Prólogo

Prologar siempre me ha resultado embarazoso por varias razones. Porque hay que saber suficiente sobre lo que viene después. Porque  muchas personas saltan la introducción y van

directamente al contenido, cosa que hago yo mismo a menudo y porque la mayoría de las veces resulta una suerte de compromiso ineludible —e insufrible— para el infeliz prologador.

Pero como este libro está escrito por amigos trovadores, trovadictos y trata de cuatro hermanos de profesión, además de uno de sangre, pues no me queda más honroso remedio que subirme las  mangas para acometer el tema, como si estuviéramos en Cuba, al aire libre, en agosto, al mediodía, justamente.

Breve recuento histórico

A mediados de los años setenta apareció una nueva camada de trovadores en la Isla, sobre todo en la capital, donde, por desgracia, solían ocurrir las cosas más importantes. Ellos nacieron alrededor de 1960, por lo que su infancia transcurrió en la maravillosa hecatombe social que significó la Revolución Cubana, en la cual el día siguiente ya era el futuro y la semana pasada historia antigua. Años en los que un pueblo acontecido devolvió a la nación las propiedades extranjeras mal habidas; ofreció trabajo digno a las personas; convirtió al país en el primer territorio libre de analfabetismo en las américas; pateó las nalgas del imperialismo yanqui en Playa Girón; se irguió como pequeño gigante ante los más poderosos en la Crisis de los Misiles de 1962; colaboró con las luchas de independencia de los pueblos de Asia, África y América Latina; lloró la caída del Che y sus compañeros en Bolivia y generó la Nueva Trova, continuidad de la de siempre, en 1968.

Esos fueron algunos hechos culturales de los que se impregnaron los creadores. A ninguno se

le puso una pistola en la cabeza para que siguiera esta línea fundamental —fundadora— de la

canción y la nación cubanas. Desconocían al empezar que continuaban la tradición ética iniciada en 1851 por Rafael Castillo, José Fornaris y Carlos Manuel de Céspedes, quienes compusieron una canción de rescate para Luz Vázquez, esposa del primero de ellos. No sabían entonces que ni un solo trovador del siglo xix dejó de participar en las tres guerras de independencia; ni de la figura descomunal de José Martí que, al elevarse en los principios del siglo xx, instauraría una ética caracterizadora de la cubanía. Tampoco sabían que, con el tiempo, y como sus antecesores, serían cronistas de una época y de un lugar. Porque una de las cualidades de quien se considere trovador —o trovadora— es ser esponja, que nada humano le sea ajeno; tener conciencia de que el pasado, el presente y el futuro no existen, solo el siempre.

Fue una loable intención de quienes conformaron este grupo desprenderse lo más posible, sin despreciarlas, de las influencias cercanas de las generaciones precedentes para buscar sus paradigmas musicales y estéticos. A mi modo de ver, lo lograron.

A partir de los años ochenta ocurrió el despegue de nuevos creadores como: Carlos Varela, Santiago Feliú, Frank Delgado y Gerardo Alfonso, a quienes de alguna manera homenajea este

libro. En sus entrevistas cuentan cómo les ha ido con la profesión, quizás solo acotar, sin el fardo de la modestia que pudiera mutilar un análisis por parte de ellos, que, musicalmente, aunque en todos se nota la esencia de los demás, cada uno posee su estilo particular. Sus obras han servido de abrigo y apoyo a muchísimas personas del mundo y han abierto puertas a la comunicación, pues la cultura cubana de los últimos treinta años no puede hacer su historia sin contar con las canciones de estos trovadores.

Vicente Feliú

Alamar, La Habana,

septiembre de 2010

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