de Alfonso Sastre… el despertar de una esperanza

En esta entrega de «Nuevos diálogos con mi sombra», Sastre sitúa los temas centrales de su pensamiento -la solidaridad, la amistad, el papel de los intelectuales, la justicia, la utopía…- en el contexto de las recientes sentencias, primero en contra y luego a favor, de la candidatura a las elecciones al Parlamento Europeo que él encabeza. Como siempre, la sombra ayuda al maestro a ordenar sus pensamientos. A pesar de lo cercano de los disgustos y los riesgos, Sastre se concentra en la alegría por lo logrado y en los retos por lograr.

Sombra.- Lo veo a usted así como contento esta mañana. ¿Es porque el Tribunal Constitucional ha cancelado, o como se diga, la anulación del Tribunal Supremo de esa Candidatura Internacionalista que -usted sabrá por qué- encabeza para «ir a Europa», como suelen decir?

Sastre.- Sí, es por eso.

Sombra.- ¿Y es por eso por lo que acaba de poner este título a su artículo: «el despertar de una esperanza»? ¿Es que le parece que esta decisión, a tan alto nivel, conlleva ese «despertar»? ¿Tan esperanzado se ve hoy, cuando tan desesperanzado se encontraba todavía ayer?

Sastre.- No, no, no es eso exactamente, aunque también puede ser.

Sombra.- Entonces, explíquese, caramba.

Sastre.- Yo estoy contento porque hemos llegado a un buen puerto, y se ha reconocido en tan alta instancia nuestro derecho a tener opiniones diferentes y aún opuestas al pensamiento oficial, y me congratulo de haber estado con mis compañeros en las difíciles jornadas de nuestra batalla, con perdón, ¡Aleluia, pues, queridos compañeros (el plural es omnigenérico) Doris Benegas, Ángeles Maestro, Alicia Hermida, Jaime Losada, Carlo Frabetti, y quienes nos han acompañado y nos acompañan (muchos, amigos de toda la vida, compañeros del alma, y otros, nuevos camaradas) en lo que hemos, más bien habéis, hecho y conseguido!

Sombra.- (reflexiva) Compañeros, camaradas… ¿Qué quiere decir eso? ¿Ser de un partido?

Sastre.- (se ríe) No, aunque pueda ser… Compañero es quien comparte su pan con otra persona… Camarada, quien comparte su cama, o por lo menos, su cámara, el hogar o la casa en la que vive.

Sombra.- (sorprendida) Eso no se: suele saber.

Sastre.- (vuelve a reír) Tampoco hace falta. Es mera etimología. Bueno, tampoco yo estoy muy seguro de que sea así. En cualquier caso, y de eso sí estoy seguro, es gente que se quiere y que, muchas veces, además se admira mutuamente. Con este artículo quiero expresar yo esta admiración, eso para empezar, y más ahora que habrá comenzado la campaña y que yo no podré estar en ella, por la situación delicada de mi salud.

Sombra.- ¿Y entonces? ¿Esa es su alegría? ¿No tanto la buena noticia política para ustedes como el encontrarse entre buenos amigos?

Sastre.- Tampoco, tampoco exactamente. El despertar de una esperanza lo refiero más bien al fenómeno de solidaridad que se ha producido con motivo de la existencia de nuestra candidatura y, más aún, a la gran calidad de los testimonios de esa solidaridad, cristalizada en numerosos artículos, mensajes colectivos y cartas, que han evidenciado el alto nivel intelectual en que se halla una buena parte de las gentes -intelectuales y artistas, pero también ciudadanos en general- que están en desacuerdo con cómo van las cosas en la vida social y política, referido, en esta ocasión, al tema de lo que está ocurriendo en nuestra vecindad y, en general, al fundamento teórico de la necesidad práctica de que emerja un nuevo mundo. «¡Un nuevo mundo es posible!», es, pues, un grito que no parte de unos cuantos iluminados utópicos a la vieja usanza decimonónica sino, a estas alturas, de personas estudiosas y sensibles que viven en todo el mundo, o, al menos, en muchas partes del mundo. Forman parte de este fenómeno los muchos centenares de firmantes del escrito elaborado en Venezuela por el Movimiento en Defensa de la Humanidad, en solidaridad con nuestra candidatura cuando estaba anulada y que firmaron en seguida muchas personas en América y en Europa. Sería deseable que al menos una gran parte de los muchos materiales que se han acumulado sobre nuestras mesas en estas circunstancias, y que probablemente han influido en la apertura de nuestro proceso a la legalidad, cuando todo parecía destinado a la imposibilidad de seguir adelante, sean recogidos en un libro, que sería muy valioso, y documentaría lo que yo estoy diciéndote ahora.

Sombra.- (se ha quedado pensativa) Usted ha lamentado a veces la fuga de muchos pensadores de izquierda radical a la derecha o al escepticismo y la huida a sus respectivas casas privadas y a la inoperancia consiguiente como un proceso que comportaba la seria tentación del pesimismo, por no hablar de quienes desde posiciones de izquierda hoy forman parte de los defensores a capa y espada de la situación hoy planetariamente dominante («un orden nuevo», «globalización» imperialista), posterior al derrumbamiento del socialismo real; cuya biblia -la del Nuevo Orden- era y es aún «El final de la historia»; y el neoliberalismo como el único camino posible, que, claro está, no es un camino, porque no conduce a ninguna parte que no sea una mayor miseria y a los mayores infortunios, como está siendo suficientemente probado durante los últimos tiempos.

Sombra.- Ya sé lo que usted piensa sobre todo esto, pero dígalo.

Sastre.- ¿Qué es eso de que hablas?

Sombra.- Lo de la nueva utopía, abanderada ahora en países como Venezuela.

Sastre.- Es preferible que eso se lea en mis libros. Para este artículo, a mí me basta con decir que si llegamos a obtener un lugar en Europa, quien o quienes obtengan ese lugar, harán de él un altavoz de los condenados de la tierra («Debout les damnés de la terre!»), y de los planteamientos propios de los pueblos frente a los de los mercaderes que todavía -¿y hasta cuándo será?- enseñorean aquellos lugares en los que se reúnen, hoy por hoy, portadores de los grandes intereses económicos dominantes en el mundo. (Pero también hay una Europa de nuestros sueños, y yo ahora recuerdo a uno de mis primeros personajes que decía sentir «la emoción europea». La obra se titula «Cargamento de sueños» y el personaje era yo).

Sombra.- (recordando) Pero también aquella Europa era un infierno. ¿No es así, maestro?

Sastre.- Ah, ¿tú te acuerdas de eso?

Sombra.- (recitativa, poética) «El infierno es… largas tardes de lluvia, y, a veces, no saber adónde ir… Consolarse de la melancolía en un viejo café bajo las doradas lámparas de luz de gas que ya nadie enciende… Y sentir a Europa dentro como una vieja canción».

Sastre.- Ay, sombra. No me lleves este artículo por otro lado.

Sombra.- Usted perdone.

Sastre.- Dejémoslo, pues, en lo ya dicho. Por el triunfo de nuestra candidatura, si se confirma el día 7 de junio en las urnas, será posible la presencia en Europa de ideas revolucionarias, hoy por hoy utópicas (por imposibilitadas, no por imposibles), y la resonancia en Estrasburgo de la voz de los sin voz. Tampoco quisiera dejar sin decir que he sentido alegría ante el insólito resplandor democrático que emana de la sentencia del Tribunal Constitucional, en su unanimidad. Si no fuera una mera anécdota ocasional debida a causas que desconozco, sería una gran noticia, quizás la más importante de todas. La unanimidad a que acabo de referirme es, desde luego, una buena señal.

Sombra.- ¿Algo más, maestro?

Sastre.- (muy fatigado) ¿Te parece poco?

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