Archivo para Marta Valdés

Una canción para salvarnos del miedo…

Posted in el Taburete with tags , , , , , , , , , , , , , on octubre 28, 2013 by el taburete

Rafael González Escalona en Cubadebate…

“Aterricé en el mundo el día que llegué a mi casa con un bolero en la cabeza y le busqué los acordes en la guitarra, pero no tuve la curiosidad de anotar la fecha. Ese debió tomarse como el verdadero día de mi cumpleaños. Una canción fue siempre, en lo adelante, lo mejor que podía ponerme a inventar para salvar las tardes y las noches del miedo a lo desconocido.”
Marta Valdés

Es sábado 26 de octubre de 2013 y estoy de vuelta, una vez más, al patio del Centro Pablo. Aunque hoy día apenas vengo, aquí aprendí a amar la trova, que es lo mismo que decir aquí aprendí a amar la música toda. El motivo que me trajo en esta ocasión no es escuchar a un nuevotrovador; acá ando, como anda tanta gente, para presenciar un acto único, escaso: Marta Emilia Valdés Morales, Marta Valdés, hará concierto.

Escuchar a Marta Valdés en vivo es, desde hace años, un privilegio raro, un suceso mágico que solo unos pocos pueden permitirse ocasionalmente. Marta es historia viva; Marta Valdés significa filin, acorde melodioso, canción profundamente sencilla, conjuro de la poesía con la palabra de todos los días.

Es un concierto en primera instancia para los amigos, esos que ven a Marta cantar de tanto en tanto en la privacidad de las reuniones hogareñas. Pero es también un concierto para mí, para las varias generaciones que hemos crecido reverenciando, consciente o inconscientemente, las composiciones de Marta. Digo lo de inconsciente porque Marta, como Pedro Vargas, como Carlos Gardel, es una fuerza generadora de canciones que entran por los oídos hasta el pecho, donde se corre un poco hacia la izquierda para luego instalarse en la memoria –la imagen es suya –, lo que tiene por resultado que sus composiciones acompañen a la gente,  de la mano de intérpretes mejores y peores, todos los días, en las alegrías y tristezas cotidianas.

En La Habana llovizna entrecortadamente, un goteo que no clasifica para lluvia pero sí para impertinencia climática. Marta se pasea inquieta, allá detrás del escenario. El día ha sido de intermitencias lluviosas, como si el clima, aunque no esté para conciertos al aire libre, sí se pusiera a tono con el tono lánguido de las letras de Marta.

Cuando suenan los acordes limpios de Rey Guerra con A guitarra limpia, Marta, los invitados y el público respiramos aliviados. Supimos, por fin, que habría concierto. Víctor Casaus hace la presentación del concierto y mientras, la lluvia se repliega, generosa. Rompe el silencio de la tarde un solo de Lucía Huergo, un paladeo introductorio de saxo en el que entra Marta Valdés, y la guitarra y su voz pequeñita se unen al saxo de Huergo y la tarde ya no es otra cosa que el mínimo universo que cabe en Palabras.

–Perdónenme si me equivoco– dice al finalizar el tema– pero tengo una luz dándome de frente y se me pierden los trastes, y en la casa no suelo ensayar para tener una luz que me ciega. ¡Cuánta gente hay aquí; el Centro Pablo es un tren de confluencias!

Y sin tomar descanso llega otro de sus himnos, “Tu no sospechas”, este sí a guitarra limpia.

Marta titubea, vacila, arpegia tambaleantemente, se apoya en las cuerdas como ciego nuevo que tantea el abismo antes de dar el paso. Los años, pienso, la vida y sus golpes silenciosos no pasan por gusto.

El filin trajo  –y la Nueva Trova es deudora de ello– el valor de quienes no tenían demasiada voz, la ruptura del código de la melodía sobre la palabra, lo que tuvo como resultado una ganancia de la música toda, al lograr la combinación de armonías desafiantes y letras cargadas de sentido.

El año 1968, el del cierre de los bares y las cantinas particulares, el que mandó al paredón las victrolas y con ellos buena parte de la música que contenían, fue el año en que Marta compuso “Llora”, una canción por los amores que fueron, los que no fueron, los que serán. Una canción que cuando la canta hoy no sé si añora los amores fallidos o la magia de aquellos años.

El concierto que abrió con clásicos, da paso a una serie de composiciones homenaje a esos seres que vivieron la música y la ciudad junto a Marta, canciones dedicadas a la magnífica Aida Diestro, a su queridaElena Burke, a la guitarra de César Portillo de la Luz.

– Yo soy una farandulera– dirá más adelante–, mis canciones se hicieron en bares, cantadas acabadas de hacer, que en esos tiempos no había tanta disquera ni memorias.

Aun cuando yerre, me sorprende la habilidad de Marta para seguir componiendo a sus casi ochenta años y ser fiel a su costumbre de no caer en las trampas de la tonalidad, en la comodidad del acorde que corresponde. Su música es como esas mujeres que tras la gasa transparente de los velos juegan a esconder y descubrir su rostro, y que aun sin llegar a verlo del todo deja la certeza en quien la mira de haber presenciado algo misteriosamente bello.

Sobre el acto de la composición escribió una vez: “Pocas dichas he podido comparar al alumbramiento de una canción desde el momento en que empieza a rondarme, a interrumpirme el sueño. Ella me sale al paso por el camino que me conduce hasta la guitarra; yo me dejo sumergir sin remedio, la tuerzo y la enderezo, la saco a caminar y regreso al rincón donde, por fin, tacho esa palabra, le añado una cuerda al aire a aquel acorde y me deslizo hasta el alivio final.”

–Esto es un cumpleaños, aquí hay regalos para ustedes y para mí– comenta gozosa Marta Valdés, antes de dar paso a la segunda parte del concierto con el resto de sus invitados. Así llegó Jade, un dúo femenino, en estos tiempos que ya no parecen haber dúos femeninos, y que interpreta un “Son a Felina” que en su juego con las voces me recuerda a Gema y Pavel.

Y pensando en Gema y Pavel veo que sube Marta Valdés y dice “ven, mi niña”. Hay indecisión allá detrás del escenario y Marta casi grita “¿¡Quién es mi niña acá!?”.

– Ay señor, que alegría más grande nos da la vida. Cómo se puede aguantar, cómo se puede– murmura Marta Valdés, más para sí que para nosotros.

Y siento un montón de aplausos y no veo casi desde mi silla en el fondo del patio, pero yo ya lo sabía, aunque me prometí no creerlo hasta que se plantara delante de mis ojos. Ahí estaba, físicamente –por primera vez para mí– Gema Corredera.

Sigue el gran aplauso, y en cada palmada hay un mar de mensajes callados. Yo –y sé que el resto también– aplaudo por montones de razones: por el encuentro, por la confluencia, por la música, por la magia, por el retorno.

– No conozco esta guitarra, no sé qué hacer, estoy muy nerviosa– se disculpa, siempre con su sonrisa a cuestas, Gema.

En una esquina del Centro Pablo me erizo, tiemblo, lloro solitariamente amparado en la oscuridad; escuchar a Gema Corredera, ahí tan cerca de mí, es de las cosas más bellas que me ha regalado la vida. Gema y Pavel me sostuvieron, me levantaron, fueron la banda sonora de mis días tristes. Gema canta y el resto del patio desaparece para mí, solo estamos ella, la guitarra de Marta Valdés y yo.

–Agradezco que ya nada quede lejos– comenta Marta.

Ay Marta, con que sabiduría me embarcas en tus naves.

Me siento culpable, este es un concierto de y para Marta Valdés, pero Gema en pocos minutos me roba la crónica, como me robó antes el aliento con su tono infinito que atravesaba mis torpes blindajes de adolescente. (Sé que cometo una injusticia como cronista, pero viví dos conciertos, el de Marta Valdés, y los minutos en los que Gema Corredera cantó para mi alma. Espero puedan perdonar mi falta de objetividad.)

El concierto sigue con Yusa al tres junto a Rey Ugarte, en un instrumental virtuoso y filinesco, y luego un dúo de interpretación impecable, de esas que suenan en las noches de cabaret, entre humo y alcohol, perfectas –Ivette Cepeda y José Luis Beltrán, en la guitarra. Detrás viene otra Marta, la Campos, con “Orden del día” un tema que es a la vez “un aporte a la nomenclatura del cancionero cubano” según Marta Valdés, un “bolerón cervecero inteligente”. La lluvia reaparece con Marta Campos pero solo amaga, nos recuerda que está por ahí pero que nos va a perdonar esta vez porque Marta Valdés no canta nunca en público.

Al final del tema se fueron sumando todos los invitados, Marta incluida, para corear un a quién pueda interesar pegajoso que para a todos de las sillas. Solo ahora me fijo que, con excepción de Rey Ugarte y el otro guitarrista, todas las que pasaron por el escenario del Centro Pablo esta tarde noche son mujeres, un ejército bello de mujeres músicos venciendo la lluvia, el silencio, las barricadas del tiempo y el espacio.

Marta –que escribió alguna vez que suele mirarse en sus criaturas como si fueran un espejo que ha ido iluminándose con el paso del tiempo para devolverle la verdadera imagen de lo que es– debe estar bastante cerca de lo que llamamos felicidad.

ver el artículo completo y más fotos de  Lynet Pujol en el Centro Pablo en … Una canción para salvarnos del miedo (+ Fotos y Video)

 

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En la imaginación… homenaje a Marta Valdés

Posted in el Taburete with tags , , , , , , , , , on diciembre 2, 2011 by el taburete

Sílvia Pérez Cruz & Javier Colina trío traen a Cuba ‘En la Imaginación’

Sílvia Pérez Cruz & Javier Colina trío viajan a Cuba con su proyecto En la Imaginación para homenajear a Marta Valdés. Los conciertos serán el jueves 8 de diciembre en la sala-auditorio del Museo de Bellas Artes a las siete de la tarde y el domingo 11 en el Teatro La Caridad de Santa Clara a las cinco de la tarde.  ‘En la Imaginación’ (Nuba Records/ContraBaix, 2011) es una revisión de clásicos de la música cubana, seleccionados y arreglados por el contrabajista navarro Javier Colina e interpretados vocalmente por la cantante Sílvia Pérez Cruz. Al feliz encuentro de ambos talentos se suman Albert Sanz al piano y Marc Miralta a la batería.
A lo largo de su intensa y extraordinaria trayectoria Javier Colina, uno de los mejores y más completos contrabajistas actuales, siempre ha mostrado un claro interés por la música latina, y muy especialmente, por los sonidos y ritmos cubanos. Bien en la su faceta como líder o como prestigioso sideman, Colina ha revisado en frecuentes ocasiones el cancionero popular de grandes compositores cubanos, partiendo siempre del lenguaje del jazz contemporáneo.
Sílvia Pérez Cruz es una de las voces más importantes que ha dado la música popular en Catalunya los últimos años. Una voz luminosa, cálida, delicada y versátil, que combina la improvisación del jazz, la fuerza y el ritmo del flamenco, los melismas del fado, y la proximidad de la canción de taberna. La personalidad de su voz hace de cada repertorio una experiencia única.El disco se grabó el pasado mes de enero en los estudios Cata de Madrid, en un ambiente cómplice e intimista, que se respira en la grabación.
Desde que Javier Colina y Sílvia Pérez Cruz arrancaron el proyecto ’En la Imaginación’, se empezó a hablar de presentarlo en Cuba. Cuba es el punto de partida de esta  historia, por el origen de las canciones, por el estilo – el filin’- y por Marta Valdés, autora de dos de los temas del  disco y una de las grandes compositoras e intérpretes de la isla, a quien han querido homenajear.

 En la Imaginación en Cuba.

Jueves 8 de diciembre. La Habana. Museo de Bellas Artes. Sala- auditorio. 19h. c/ Trocadero entre Zulueta y Montserrate. La Habana Vieja.

Domingo 11 de diciembre. Santa Clara. Teatro La Caridad. 17h. Parque Vidal entre Lorda y Máximo Gómez

de la música cubana… Bebo en la memoria y Chucho al doblar

Posted in américa, arte, cuba, debate, el Taburete, espejos, Jazz, LaHabana, literaura, música, Opinión, poesia with tags , , , , , , , , on noviembre 15, 2009 by el taburete

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La misma pared frente a la cual me encuentro ahora disponiendo los recuerdos en forma de palabras, sirvió de fondo al piano alemán que mi madre había decidido adquirir a plazos en una tienda de la calle Belascoaín llamada La Predilecta, desde que descubrió que yo, valiéndome de mi vieja guitarra y sin la menor noción acerca de cómo llevar la música al pentagrama, había empezado a componer canciones y, de la mano de ellas mismas, había entrado a frecuentar nuevos ambientes donde no sólo era aceptada como “una compositora nueva que es maestra”  sino que me había dado el lujo de pasar airosa por el ojo -más fino que el de una aguja-  por el oído y el verbo, de César Portillo de la Luz.

Una noche muy fría, en enero de 1957, conocí a varios de los compositores que se agrupaban en Musicabana, una modesta editora empeñada en abrir camino a la música cubana sin tener que dejarse explotar por los consorcios americanos. Estos autores -ya exitosos-, encabezados por Giraldo Piloto, comenzaron a visitar mi casa y, un día, pidieron permiso a mis padres para efectuar allí una reunión destinada a seleccionar, de entre las composiciones de todos -incluyéndome a mí- repertorio para el disco de larga duración que lanzaría, en calidad de solista, a Fernando Álvarez, quien se había ganado esta oportunidad a partir de la resonancia obtenida en el mercado “vitrolero” con el bolero Ven aquí a la realidad,de Ernesto Duarte. Mis padres, honradísimos, abrieron las puertas al personaje que traería consigo la misión de aceptar o rechazar las ansiosas y emotivas propuestas que entonaríamos los autores. De esta manera, hizo su entrada en mi casa y en el reino de mis recuerdos, Bebo Valdés.

Todavía no acierto a explicarme qué resortes me movieron a vencer la timidez y pienso que, por una parte, el cariño y el sentimiento protector de mis queridos colegas; por otra, la fiereza con que se arma el espíritu cuando se trata de someter a cualquier prueba a una criatura propia y, finalmente,  gracias a la poderosa carga espiritual y la noble manera de ejercer su ingrato papel, que caracterizaban al ilustre visitante, se hizo posible el milagro y dos de mis boleros –No es preciso No te empeñes más– me dieron entrada, de la mano de ese músico reconocido ya entre los grandes, en el camino profesional.

Bebo Valdés visitó de nuevo mi casa a los pocos días sin presentir que, al cabo de más de medio siglo, yo estaría narrándoles a los demás este episodio. Aquel hombre distinguido y caballeroso -como se decía entonces-, se sentaba al piano y, despojado de toda arrogancia, me invitaba a tomar la guitarra e irle cantando poco a poco cada canción, mientras  anotaba melodía y acordes con toda fidelidad, en una actitud humilde y respetuosa que, al colocarme en  posición de igual a igual, me hacía sentir sobrecogida a la par que me resultaba aleccionadora. Ya en el proceso de grabación, así como en aquellas presentaciones radiales en vivo de su orquesta, en las que se programaba alguna de mis composiciones, tuve siempre, gracias a su amabilidad, el acceso libre a ensayos y trasmisiones con público.

Fue una de esas tardes, en un memorable estudio de Radio Progreso, cuando se me acercó y, señalando a un joven altísimo, muy delgado, con unos dedos enormes, me dijo: “Ven para que conozcas a mi hijo. Tiene dieciséis años”-. No era necesario disponer de una imaginación fuera de lo común: con toda seguridad,  el talante de aquel muchacho calladito, investido de buenas maneras -como corresponde- así como aquellas manos que no se alejaban del teclado ni siquiera para gesticular, anunciaban al  músico que no se haría esperar por mucho tiempo. Me senté a su lado en la banqueta del piano, entablamos conversación y me confesó que había compuesto un preludio. No se hizo de rogar cuando le pedí que lo tocara, y me regaló ese momento sin imaginar con qué cariño, al pasar el tiempo, cuando ambos fuéramos estos Valdés y no aquéllos, conservaría yo intacto entre los más tiernos recuerdos de mis primeros tiempos en la música, el privilegio de semejantes audiciones  exclusivas.

Muchísimos años después, visité a Chucho en su residencia para hacerle entrega de unas grabaciones viejas que le había copiado y no pude resistir la tentación de recordarle aquellas tardes en los ensayos donde me había dado a conocer su preludio. Cuál no sería mi sorpresa, al ver que se sentó al piano y, en un alarde de memoria, volvió a tocarlo -tal como entonces- y de nuevo para mí sola.

Pasaron más años todavía, entramos en otro siglo y la vida me dio la oportunidad de un reencuentro conBebo Valdés, en los Festivales de Otoño de Madrid. Coincidíamos entonces, en ocasión de presentarnos en concierto, yo con motivo de la presentación del disco dedicado a mis canciones que había grabado con el pianista español Chano Domínguez y su trío; él, para ofrecer las primicias del trabajo que estaba preparando con Diego el Cigala. No me cabía la menor duda de que, al encontrarnos, saldrían a flote, intactos, los lazos que nos unieron desde los primeros tiempos. Una nueva razón se sumó a la alegría, luego de la emoción del abrazo, cuando el legendario músico cubano confesó, en público, que aquella tarde-noche en que visitó mi casa por primera vez lo había hecho investido de poderes tales, como director musical del sello discográfico donde grabaría el intérprete, que el primer gran paso en mi ya largo camino había dependido de una palabra suya. Por suerte, su impresión había sido la mejor, al extremo de haber seleccionado más de una composición de aquella “muchacha nueva del Reparto Almendares” pero, no obstante el largo tiempo transcurrido desde entonces, su afirmación, verdaderamente estremecedora, hizo que se duplicaran mis razones para mantener su recuerdo guardado en ese sitio de la historia propia donde arropamos lo más frágil y protegemos lo verdaderamente venerable.

Juntos para siempre -no faltaba más- padre e hijo se alzan en medio de la gloria que hoy festejamos, a propósito del Premio Grammy obtenido por ambos.  A Bebo, maestro en “el arte del sabor”, le he dedicado mis mejores deseos mientras me deleitaba escuchando sus discos esta mañana de domingo. A Chucholo abrazaré como de costumbre y con más razón todavía, cuando vuelva a encontrarlo en cualquier sitio, o al doblar.

Almendares, 8 de noviembre de 2009

por Marta Valdés… segunda parte de  las”Palabras… tomado de Cubadebate

Omara, una lección más que bien aprendida…

Posted in américa, arte, cuba, debate, el Taburete, Foto, Jazz, LaHabana, música, Memorias, Opinión, poesia, relato, Trova with tags , , , , , on noviembre 8, 2009 by el taburete

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Hacia algún rincón del Parque Trillo, hacia el contén de alguna acera del barrio habanero de Cayo Hueso, deben haber salido volando los aplausos que coronaron,  la noche del 5 de noviembre de 2009, a aquella niña a quien todos los días, disciplinadamente, se le veía ir y venir entre la casa y la escuela. Han pasado muchos años pero los parques y las aceras de los barrios donde nace la gente que tiene grandeza por haber venido al mundo con luz propia, no se dejan alterar por el paso del tiempo sino que se erigen en custodios (por si acaso alguna vez) y -miren-, precisamente de eso se trata.

Los padres de Omara le habían enseñado a dar los buenos días, a pedir permiso y a tratar de “usté”, así como a escuchar con gusto las canciones que ambos entonaban. Todo esto aprendió hace tiempo la niña, pero sobre todo -y desde entonces- la costumbre de dar las gracias ha sido algo que, siempre, ha tenido a bien. Ya adolescente, se dio cuenta del valor que puede encerrar, para una naturaleza a la vez disciplinada y voluntariosa como la suya, la práctica -sostenida por ella con verdadero virtuosismo en el desempeño de su quehacer- de colocarse al amparo de una sabia dirección. Repasamos los episodios de su vida artística y comprobamos, con asombro, que una de las constantes de su desarrollo hacia una personalidad única, aflora, precisamente, desde su condición de integrante de algún grupo. Así, vemos a una Omara que nada tiene de “alocada”, aportando talento, alegría y color muy propios, a aquel conjunto de músicos igualmente jóvenes, que se hacen llamar Los loquibambia. Años más tarde, la vemos dejarse moldear por Aida Diestro en el seno de su memorable cuarteto.

De esas dos experiencias, emerge la primera Omara solista, en condiciones verdaderamente atípicas, cuando Julio Gutiérrez decide lanzarla por la vía discográfica, es decir, comenzando por aquel paso que constituye la meta de los intérpretes -dejar su arte registrado en un disco, mucho antes de acometer la etapa de las presentaciones en vivo, que solía ser el comienzo en casi todas las carreras-.  Sabia por naturaleza, su debut sorprende al público amante de la canción   con el LP Magia Negra, que aparece en 1960 bajo el sello Velvet y en cuyos surcos  podemos escuchar, desempeñando el papel acompañantes, a una selección de músicos de primer orden. Esta grabación proclama el nombre de la solista -hasta entonces mencionado sólo de paso, a propósito del cuarteto-y nos entrega, no a una debutante (como no sea a los efectos del mercado discográfico) sino a una esplendorosa, recia y versátil personalidad, lista para merecer cualquier elogio; digna de alzar, en señal de triunfo, cualquier trofeo. Una larga y exitosa trayectoria recorrerá -en lo adelante- Omara Portuondo, ya renombrada por todos para siempre, con verdadero empecinamiento, como Omara.

Genio y figura, en una etapa más cercana a nuestros días retoma el desarrollo y la proyección de su vida artística desde el seno de un grupo. No se trata, ahora,  de un puñado de geniecillos confluyendo bajo el signo de una  locura -verdaderamente bendita-para luego transformarse, por obra de ese mismo bautizo, en verdaderos puntales de la música cubana del siglo XX como lo han sido, a la par que ella, Frank Emilio y José Antonio Méndez. Omara, la que portara en ocasión de esa aventura musical maravillosa y fugaz  -como parte de un divertido ardid de sus amigos-el apellido “Brown”; Omara. la más disciplinada entre las integrantes del Cuarteto D’Aida, cuya fibra tan especial  avizorábamos sólo cuando  (con permiso de su directora) se salía del plato y de qué manera, emprende ahora una especie de nado de espaldas, apretándose en impresionante abrazo a esa pléyade de solistas, todos enclavados en la categoría de estrellas, agrupados bajo el nombre de Buenavista Social Club. Son entonces los escenarios del mundo quienes la reclaman; quienes solamente en cortas temporadas nos la dejan tener por acá para encontrarla por la calle devolviendo un saludo, deteniéndose a conversar -cuando el apuro se lo permite- con cualquiera de  quienes la sabemos parte de la luz y los olores, del ruido y el chubasco que se entretejen en la vida diaria de nuestra tierra querida.

Nada, que en Cuba estamos contentos porque tenemos una diva preciosa, de bata larga y sandalias ligeras, a quien vemos ya de cuánto le ha valido aprender, de sus mayores, a dar gracias tal como lo está haciendo, por el simple hecho de poder permanecer ahora -y para siempre- apretada a los demás en su entrega mientras reparte, en una acción que no divide sino, por el contrario, multiplica, los dones emanados de una lección más que bien aprendida.

La Habana, 6 de noviembre de 2009

Por Marta Valdés en Cubadebate / Foto Tomás Miña.

de la nueva trova… Noel Nicola

Posted in américa, arte, cine cubano, Cine Documental, cuba, LaHabana, música, Memorias, noticias, poesia, Trova with tags , , , , , , , , , on mayo 5, 2009 by el taburete

noelisimoDe la autoría de Carlos E. León, el cortometraje y los demás materiales, de Producciones Abdala y el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, preserva para la memoria colectiva la obra de una figura de la cancionística nacional, compositor de más de 500 piezas, y un ser humano íntegro y humilde que deja honda huella humana.
El DVD reúne la discografía completa del gran creador, integrante del núcleo fundacional de la Nueva Trova junto a Pablo Milanés y Silvio Rodríguez, grabaciones con el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, los documentales Nos queda su canción y Así soy yo y valiosas entrevistas a sus contemporáneos, familiares y amigos.
Con la elegante conducción de Miriam Ramos, entrañable amiga e intérprete de muchas de sus canciones Nos queda su canción cuenta con trascendentes testimonios como el del gran Leo Brouwer, quien conceptualiza en su justa medida la trascendencia de Noel, tanto por su compleja y diversa composición musical como por la profundidad, intimidad y belleza de su verso.
Silvio Rodríguez, Marta Valdés, Augusto Blanca, Corina Mestre, Lázaro García y Frank Fernández son algunos de los que ofrecen sus vivencias.
Noel no sólo fue un excepcional artista, sino un organizador y promotor cultural, porque buena parte de su precioso tiempo lo dedicó a presidir el Movimiento de la Nueva Trova o a dirigir el proyecto editorial Atril, de Producciones Abdala, que preserva la obra de otros muchos trovadores y músicos cubanos.

Trabajos compilatorios como este DVD confirman que la muerte es una falacia cuando se ha hecho bien la obra de la vida, como aseguraba José Martí, porque ellos preservan la impronta de uno de los pilares de eso tan indefinible y esencial como es la cubanía.

Fuente: AIN