Archivo para ser o no ser joven

SER O NO SER JOVEN… (¿esa es la cuestión?)

Posted in américa, arte, arte digital, cine, cine cubano, Cine Documental, cortos, cuba, debate, LaHabana, noticias, Opinión with tags , , , , , , , on abril 21, 2010 by el taburete

Descubro tarde en la contraportada del Catálogo de la Novena Muestra de Nuevos Realizadores, lo siguiente:

“¡ATENCIÓN! PRIMERÍSIMA NOTICIA

“Nada es eterno excepto el cambio”, dijo Buda…
y a los diez años

LA MUESTRA CAMBIA DE NOMBRE…”

Leo que ahora se llamará 10ma Muestra Joven, y se celebrará del 22 al 27 de febrero del año próximo. En otra parte del mensaje también puede leerse: “Una muestra no solo para los jóvenes sino ORGANIZADA y REALIZADA por ellos”.

Sobre lo de SER O NO SER JOVEN en el audiovisual que actualmente se hace en Cuba se ha hablado muchísimo en el blog. Es un asunto que parece fascinarnos y que por suerte no consigue ponernos de acuerdo, si bien al menos sabemos que lo biológico no es exactamente (o únicamente) lo que determina la juventud. Es decir, sabemos que a los veinte años es posible ostentar un pensamiento al que solo lo motiva el conservadurismo más rancio; y que se puede llegar a ochenta haciendo del riesgo creativo la razón de ser.

“Nada es eterno excepto el cambio”, decía Buda, y eso me recuerda otro aforismo de Bretch, que anoto más o menos de memoria: “La realidad cambia a diario, por lo que hay que cambiar a diario el modo de representarla”. ¿Detrás del cambio de nombre está la convicción de que esa realidad que muestran los filmes de la Muestra debe enfocarse desde los más insospechados ángulos (incluyendo los más incómodos)?

De cualquier forma, sería un error identificar a la Muestra (aún con sus innegables aciertos) con la totalidad de audiovisual joven que se hace en la nación (no isla), pues, ¿no estamos hablando de “una muestra” de algo que se supone mayor? Eso sí, pienso que la Muestra debe evitar el riesgo de propiciar conceptos cristalizados (o cristalizadores) sobre lo que, a estas alturas, podría considerarse “audiovisual joven”. El solo uso de ese término (“joven”) corre el riesgo de regalarnos una retórica envejecida, pues de lo joven y lo viejo se viene hablando desde que el mundo es mundo.

En lo personal me gratifica muchísimo esa complicidad que últimamente estamos consiguiendo en Nuevo Mundo con jóvenes amigos del ISA de la ciudad (me niego a considerarlos simplemente “alumnos”, porque ¿quién no es aprendiz de casi todo?). Esa complicidad descansa sobre el consenso de que más allá de rupturas y continuidades la Historia nos vuelve a todos una suerte de denominador común. Recordemos, por ejemplo, aquello que Schopenhauer nos describía en su momento:

“Cada treinta años aparece una nueva generación de niños curiosos que todo lo miran, nada saben y engullen sumariamente y a toda velocidad los resultados del saber humano acumulado durante milenios, y que después pretenden ser más listos que todo el pasado junto. Con tal fin acuden a las universidades y echan mano a los libros, es decir, a los más recientes, dado que son contemporáneos suyos y de su misma edad. Lo único importante es que todo sea corto y nuevo, igual que ellos mismos son nuevos. Y enseguida, a pontificar”.

Schopenhauer tal vez tuviese razón a la hora de describir esa rutina generacional a través de la cual ciertos jóvenes ponen todo su esfuerzo en liquidar de un plumazo lo que los ahora ya “viejos” defienden como el punto final. Pero el razonamiento no nos explica por qué dentro de esa misma generación también persiste la tendencia a imitar o mantener costumbres arcaicas (el llamado “atavismo”).

¿Será de esa combinación entre el afán de rupturas a ultranza y la custodia de caracteres propios de los antepasados que, en cada época, nacerá la impresión de verdadera juventud? No tengo una respuesta concreta para eso, pues la juventud es otro de los grandes misterios de nuestra existencia. A título personal, diría que se es más joven mientras más conciencia crítica se tenga de lo que se vive, y con agrado he visto cómo algunos de los nuevos realizadores de esta última generación van retomando aquella energía desacralizadora que caracterizó al cine fundacional del ICAIC, y no temen en “repolitizar” sus miradas, en franco desafío a toda esa tendencia descafeinada que, en nombre de las tecnologías y la neo-disneylización del mundo, terminó quitándole filo a cuanto se veía.

Sin embargo, coincido con Fernando Pérez en que “con mucha frecuencia las películas que llegan a la Muestra abordan, sin prejuicios y con audacia, temas que el cine de la industria no se atreve a tocar. Pero también con mucha frecuencia ese arrestado contenido no llega acompañado de parejo resultado artístico. Muchas de estas obras gozan del impacto y el interés momentáneo de lo inédito, pero su trascendencia artística no pasa más allá de una vida limitada”.

Esto que parece una objeción puntual a la creación de estos tiempos en verdad funciona para todo aquello que ha intentado pasar como un conjunto renovador. Habría que pensar nada más en esa producción del ICAIC en los sesenta: muy pocas películas de entonces lograron trascender en el tiempo, e ir más allá de ese rol propagandístico que tenía que asumir también el Instituto. Y justo el documental comenzó a ganar autonomía cuando se impuso abandonar la servidumbre ante lo temático (lo explícitamente ideológico) para dedicarse a explorar el lenguaje, y desde allí perturbar nuestras certidumbres sobre la realidad.

Diez años después de la primera Muestra, ¿puede detectarse entre los jóvenes ese interés por consolidar el lenguaje sin descuidar el abordaje de los temas? Creo que sí. Que ya hay varias películas donde es posible advertir ese crecimiento nada inocente. Ahora mismo pienso en tres que, después de vistas, me siguen sacudiendo por “jóvenes” y heréticas en el lenguaje: “Revolution” (2009), de Mayckell Pedrero, “Que me pongan en la lista” (2009), de Pedro Luis Rodríguez, y “Memorias del desarrollo” (2010), de Miguel Coyula.

Juan Antonio García Borrero , tomado de la pupila insomne