señales de Luz y Arte

Por Giusette León García

  

…En el tabloide que anunciaba las muestras colaterales de la Bienal, Señales… estaba anunciada para el taller La mano ciega, en los altos del restaurante La Mina de La Habana Vieja. Sin embargo, cuenta Rancaño que el propio Kcho y Rubén del Valle, presidente del Consejo de las Artes Plásticas, propusieron trasladarla a la Avenida del Puerto, un espacio mucho más visible y propicio, teniendo en cuenta las dimensiones y el concepto de la exhibición. Se consultó entonces con Eusebio Leal, el historiador de la ciudad, quien inmediatamente apoyó la idea.

 

“Caballero de Luz” es el título que escogió Ernesto Rancaño, quien construyó un carguero blanco con un faro que representa al amor de su vida: Cuba. Para explicar el sentido de la pieza habla de autoguía, de un barco que sabe hacia donde va, aún si anda solo por el mundo. El blanco representa la autonomía, la libertad de navegar. Veo en él una embarcación sin posibilidad de naufragio, porque lleva luz propia, una luminosidad que alcanza para sí misma y para irradiar al resto.

 

La propuesta de Sandor, “Faro para aves migratorias”, abre las puertas de doce jaulas iluminadas en las noches y en las que se escuchan los cantos de todas las aves cubanas. Son una imitación en metal de las jaulas de güin que pueden verse en cualquier casa cubana. La imagen se aleja totalmente del sentido de encierro o cautiverio y resulta una invitación a entrar con esa vocación de brazos siempre abiertos para los amigos que ha caracterizado a la isla.

 

Balseiro cargó desde su pueblo natal, Mocha, una localidad cercana a la ciudad de Matanzas, troncos de palma real, el árbol nacional. La palma real, esbelta, erguida, como buscando el cielo, está presente en todos los paisajes y ha inspirado la lírica de más de un poeta cubano. Seccionada en seis partes, la palma-faro de Balseiro tiene luz en lugar de penachos y desde su altura brilla también al borde del agua.

 

“El Lobo” se planteó una mirada a su querida Isla de la Juventud; tal vez un homenaje íntimo al terruño pequeño, salvado de provincialismos y sin la ingenuidad del aldeano vanidoso, sino más bien como una vuelta a los valores universales de lo local . El pinero faro de el más alto de Latinoamérica (desde la base) con más de 60 metros de altura, fue representado por Carlos Cabrera junto a zines  arrancados a los techos por los huracanes Gustav e Ike, para lanzar señales luminosas que me hacen pensar en la reconstrucción, en la resistencia.

 

Una bala de madera que irradia luz en lugar de pólvora y destrucción, se instalará muy pronto junto a estos cuatros faros. Se trata de la pieza de Randall Hernández, cuya propuesta supone transformar a los ojos del espectador el sentido belicista del proyectil en un alegato de paz.

 

Esta fue una de las últimas exposiciones colaterales inauguradas en la Décima Bienal de La Habana, pero ya sabemos que nunca es tarde para la buena dicha y “Señales en el agua” iluminó en todos los sentidos esta fiesta de la visualidad, como testigo de un enamoramiento definitivo y fértil entre el buen arte y Cuba.         

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